viernes, 1 de octubre de 2010

Ágora de Alejandro Amenábar

¿Recuerdan Tesis o Mar adentro, Abre los ojos o The Others (Los otros)? Son obras del mismo director, Alejandro Amenábar, quien nació en Chile en 1972, pero desde muy pequeño y debido a la dictadura pinochetista viajó con su familia a España, en donde se estableció desde entonces. Su última película es Ágora y no es la mejor, pero no es tan mala.

Estamos en el siglo IV d. C. en Alejandría (Egipto), la famosa biblioteca de la ciudad es custodiada por un grupo religioso politeísta, cuyo personaje más interesante -y el de toda la película- es una mujer filósofa, Hipatia, astrónoma y matemática, con existencia histórica y cuya dedicación al pensamiento es resaltada en el filme.

La película nos lleva al nacimiento del cristianismo, que pasa de ser una religión de perseguidos a ser una religión de estado en el decadente imperio romano. Lo lamentable, según se muestra, es la manera en la que el fanatismo religioso y la lucha por el poder son de las peores mezclas posibles, algo así como vodka con tequila.

Adoradores de los viejos dioses, judíos y cristianos no pueden convivir en paz y es difícil determinar qué grupo es más sanguinario; lo cierto es que al final son los cristianos los crueles vencedores y sienten como una afrenta el libre pensamiento y la no-afiliación a sus ideas; más aún, si quien los encara es una mujer inteligente, esto ya es, para ellos, imperdonable.

En fin, barbarie e intolerancia y dan ganas de decir: ¡bendito sea el estado laico!; aunque uno no comulgue con las bendiciones.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Sebastian Knight por Vladimir Nabokov

Si soy sincero, Vladimir Nabokov (Rusia, 1899-Suiza, 1977) no me simpatizada por dos hechos: por haber dicho en su Curso de literatura rusa que Dostoyevsky era un pésimo novelista y por haberse nacionalizado estadounidense cuando mis primeras simpatías políticas y preparatorianas veían en la URSS el modelo de la vida futura.

Por supuesto, no dejaba de tomar en cuenta que era un crítico literario muy agudo, pues su interpretación de La metamorfosis de Kafka me parecía originalísima; por eso, aunque me caía mal, lo consideraba un tipo inteligente. En cuanto a mis simpatías políticas, muchas de éstas se derrumbaron como el muro de Berlín y mi visión utópica de la URSS estaba teñida de mucha ignorancia sobre el desarrollo del comunismo en esta nación.

Con todo, mis prejuicios no me dejaban acercarme a la labor de Nabokov como novelista y ahora que lo he hecho, he encontrado en La verdadera vida de Sebastián Knight una narración que, si bien me ha dejado apesadumbrado, porque el narrador es un tipo lleno de angustia y, en ocasiones, de desesperación; por otra parte, me he encontrado con un relato que no decae en interés a medida que avanza fluidamente, aunque a veces, a jalones y a trompicones.

Con ecos de Kafka, y hasta con ecos de Dostoyevsky (que me perdone Nabokov), se va hilando una historia en donde la trama consiste en descubrir todo sobre la vida del recientemente fallecido Sebastian Knight, escritor famoso y hermano de quien nos cuenta la historia, quien apenas se llama "V." -como si se tratara de un guiño a "K.", ese extraño personaje del Proceso de Kafka.

¿Pero descubrirlo todo, saberlo todo, contar todo sobre una vida? La problemática de esto se va mostrando poco a poco. La ansiedad del narrador no contribuye mucho a develar una vida que él creía conocer, porque somos complejos y con motivaciones tantas veces ocultas aun para nosotros mismos.

"V" lo intenta y fracasa en la reconstrucción de la verdadera vida de su hermano y, sin embargo, quizá ha descubierto más de lo que esperaba en ese laberinto en el que se ha metido y que lo ha llevado en su obsesión a Londres, Berlin y otros lugares, para regresar finalmente, una y otra vez, a París.

No todas sus pistas fueron falsas, pero al final no creo que "V" pueda decir que conocía más a Sebastian que aquel Mr. Goodman quien fuera secretario de su hermano durante sólo unos años y con el que mantiene una lucha feroz, por haber sido este Goodman el primero que escribiera una biografía sobre su hermano.

Sí, Goodman andaba errado, pero "V." queda muy confundido. Quizá el texto nos quiera dar a entender que todo biógrafo al final es un Good-man, un hombre de buenas intenciones, pero que siempre sale perdiendo si lo que se quiere contar es la verdadera vida de alguien; esa vida ya existió y ya tuvo su relato vívido, lo que quedan son interpretaciones.

Por otro lado, es interesante constatar que el tal "V" quizá no quiera escribir la vida de Sebastian, sino la vida del mismo Nabokov; pues Sebastian nació el mismo año que el escritor ruso-norteamericano y también tuvo que salir de Rusia por cuestiones políticas... No sé mucho de la vida de Nabokov, como no sé mucho de la vida de nadie, pero es posible que esté en juego un álter ego (como quien dice el otro yo) en este texto.

Aquí les dejo la recomendación para cualquiera que esté interesado en estas cuestiones: biografía, autobiografía... Ya creo yo que encontrarán en esta novela muchas ideas a partir de las cuales reflexionar al respecto. De paso, también les dejo unas citas del libro:

"Sebastian escapó de una tierra donde 'todo hombre era un esclavo o un matón. Puesto que el espíritu y cuanto le es afín estaba negado al hombre, la imposición del dolor corporal llegó a considerarse más que suficiente para gobernar la naturaleza humana... De cuando en cuando ocurría algo llamado revolución: los esclavos se hacían matones, y viceversa..."
"las cosas demasiado modernas tienen la curiosa virtud de envejecer mucho antes que las demás"

"Busca y encuentra algo que te guste, y entrégate a ello... hasta que te aburras"
"un cuento deliciosamente extraño que me hace pensar en un niño que ríe en sueños"

Vladimir Nabokov, La verdadera vida de Sebastian Knight, Barcelona, Anagrama, 1999, 226 pp.

martes, 14 de septiembre de 2010

Jacques Derrida por Jason Powell

Jacques Derrida. Una biografía, libro del académico inglés Jason Powell no es estrictamente una biografía, sino una introducción al complicado pensamiento del filósofo Jacques Derrida (Argelia 1930-Francia 2004). Y como se trata de una introducción, ya que conozco poco la obra textual de Derrida -a más de un par de textos que no sé si entendí bien- me es difícil juzgar , sobre todo en algunos aspectos, si el intérprete (Powell) es fiel a la filosofía del crítico francés.

Confío en que haya sido así, aunque eso de la fidelidad a una obra, con Derrida, parece ponerse en entredicho, pues estamos ante un filósofo, o pensador, o crítico literario, que se destaca, sobre todo, por haber invitado a partir de la llamada "deconstrucción" -que no es una escuela o sistema, sino una práctica textual o práctica de lectura- a repensar toda la tradición filósofica occidental, a la que el mismo Derrida llama "logocentrismo", ya que está basada en cierto sistema de pensamiento condicionado por hábitos de nuestro lenguaje y nuestra conciencia, sin haber comprendido, siquiera, si las palabras que usamos para pensar tienen una base sólida.

Espero estar explicándome. Derrida propone, criticando de entrada nuestra noción del lenguaje, o la que arranca con el suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913), que el significado de una palabra (o significante) no es una imagen mental, sino otro significante u otra palabra. Es decir, a la palabra "árbol", por ejemplificar, no corresponde sólo una imagen de un árbol; sino que la definimos siempre con otras palabras ("árbol: planta perenne, de tronco leñoso y elevado que se ramifica a cierta altura del suelo". Ésta es la primera definición para "árbol" que da la Real Academia), que a su vez sólo pueden ser entendidas por otras palabras ("planta: ser órganico que crece...", "perenne: continuo, incesante...", "tronco: tallo fuerte y macizo...", "leñoso: que tiene dureza y consistencia..."...) y así hasta el infinito. Y lo mismo ocurre para palabras como "ser" o "Dios" o lo que quieran.

De lo anterior, y estoy simplificando al extremo, Derrida propone que una palabra es siempre diferente a otra, claro está, y por eso las diferenciamos; sin embargo, su significado completo nos es inaccesible, pues cada palabra sólo tiene un significado diferido o postergado, por esa otra cadena de palabras que nos es inasible. O como lo expresa el mismo Powell: "Las palabras no significan, simplemente separan el Ser de la Nada y cada cosa de cualquier otra cosa". Por lo anterior, sólo tenemos "huellas" del significado, huellas que a pesar de todo hay que seguir; pues mal haríamos en dejar de pensar.

Esta reflexión sobre la palabra -a la que se llama différance (neologismo francés que significa diferencia y diferido) y que es un concepto clave en la obra de Derrida-, es sólo el punto de partida para analizar o "deconstruir" algunos textos clásicos de la filosofía o la literatura occidental, ya se trate de Platón o Rousseau; o simplemente, se trate de conceptos muy manoseados, pero poco entendidos, tales como "ley", "justicia", "perdón", "libertad"... La práctica de la deconstrucción consiste en repensar los conceptos que damos como válidos; esto es, hay una problematización de las palabras en las que se sostiene determinado texto. Y no sé si Derrida es revolucionario en la filosofía, lo que sí me parece, es que estamos ante un pensador original.

Derrida se halla muy cercano a la filosofía de los alemanes Edmund Husserl, Martin Heidegger y Friedrich Nietzsche; y quizá más a Heidegger que a ningún otro. Por otra parte, también destaca la obra de Freud en su pensamiento; pues hay quien sostiene que Derrida se encarga de hacerle un psicoanálisis a la filosofía occidental.

Una de las críticas que se hacen a Derrida es el hecho de que aún moviéndonos entre huellas o espectros del mundo, no se puede mantener una posición neutral en la filosofía o en un acercamiento a determinado texto, pues Derrida elige unos textos y no otros para "deconstruirlos" y unos pasajes y no otros... Aunque el mismo Derrida parece haber sabido esto y en su desarrollo intelectual pasó de una aparente neutralidad en su filosofía a una toma de posición en cuanto a la ética e incluso en la religión, aspectos también interesantes y no desdeñables en el conjunto de su producción.

Por último, y esto fue lo que me llevó a Derrida, éste influyó notablemente en la llamada Escuela de (la universidad) Yale, ese animado grupo de críticos literarios norteamericanos, abanderados de la deconstrucción, y que dieron mucho de qué hablar en su área específica, la literatura, a partir de la última etapa del siglo XX y hasta nuestros días. Me refiero a autores como Joseph Hillis Miller, Paul De Man y Harold Bloom, entre otros.

La obra de Powell, entonces, es muy recomendable si uno quiere ubicarse en el contexto histórico-filosófico en el que se desarrolla la obra derrideana y conocer las líneas generales de este pensamiento.

Jason Powell, Jacques Derrida. Una biografía, Valencia, Universitat de València, 2008, 282 páginas de texto + casi otras 20 páginas que incluyen índices y una bibliografía muy completa de los libros de (y sobre) Derrida publicados en francés, inglés y español.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Un pequeño partido de fútbol

Me he despertado este sábado con mucho dolor muscular, pues ayer en la tarde me fui a jugar fútbol con Pancho, amigo mío, pintor artístico y treintañero como yo, junto con mis sobrinas y sobrinos: Karen (11 años) Vanessa (11 años), Axel (12), Christian (9), Julián (7), Alan (9) y Kiara (5 añitos).

Pues bien, con todo este conjunto de jugadores profesionales formamos dos equipos de fútbol. Un adulto por cada equipo, una niña de 11 años y dos niños para cada equipo. Al final, quedó Kiarita, la más pequeña, a la que me "regalaron" para mi escuadra, diciendo, como se dice en México, que ella era de "chocolate", es decir, que su presencia era sólo un adorno. Lo que no fue tan cierto, porque la pequeña Kiara se estaba convirtiendo en mi delantera más peligrosa, hasta que Pancho le pegó, accidentalmente, con el balón en su pequeño rostro. ¡Ay, Kiara lloraba y prefirió no jugar más!, el resto del partido lo hubiera mirado sentada en la banca, si no fuera porque enseguida se durmió ahí mismo, a la orilla del campo de fútbol que está muy cerca de mi casa y del cual sólo utilizamos una pequeña parte. Pancho estaba apenado, pero siento que fue una inconsciente táctica malévola, pues al final mi poderoso conjunto integrado por Karen, Christian y Alan perdió el encuentro 5 goles a 3.

Fue un partido de fútbol alegre e intenso y al final la nueva generación superó a los treintañeros en todos los aspectos: en la técnica para controlar el balón y en el drible, en velocidad, pero sobre todo en resistencia física. Cuando los dos más grandes (fumadores enfermizos) ya no podíamos ni mover las piernas, las chiquitas y los chiquitos pasaban volando a nuestro lado. Yo fui una coladera en la portería; pero estábamos encima de ellos y parecía que los alcanzaríamos en un cierre vertiginoso, cuando en eso llegó el pinche policía del complejo deportivo -hay dos acepciones aquí-, cual alto comisionado de las altas instancias burocráticas de la liga intergeneracional y nos expulsó del campo, so pretexto de cerrarlo. Lo cierto es que ya estábamos en tiempos extras y ya hace un rato que había oscurecido en la capital en la que por fortuna no llovió; pero habrá revancha, luego les cuento.

Rimbaud el hijo por Pierre Michon

De repente, al tratar de compartir lo que significó para mí el descubrimiento de Pierre Michon (Francia, 1945) me quedo sin palabras. Lo intento: para mí ha sido un renacer a la emoción de sentir que las letras de alguien me tocan de una manera inusual, distinta a la acostumbrada. No se trata sólo de admiración o asombro, sino de otra cosa que se sigue manteniendo después de leer y releer Rimbaud el hijo.

Se trata de una mezcla de emociones que por el momento me sobrepasan y me invitan más al silencio que a la palabra; ¿pero qué otro objetivo podría tener una obra de arte, en este caso un libro hecho de letras, sino este silencio, este dejarnos sin palabras? ¿Qué más se podría sentir ante una obra, sino que ésta nos arrastra y nos coloca en un sitio distinto a lo cotidiano? Si se trata de un libro, la mudez; si de la pintura, que nos arranque todos los colores y las formas conocidas y nos dé las suyas.

Y tan grande ha sido la revelación, la estupefacción ante la prosa de Michon, que por un momento olvido que el libro aborda en su brevedad la furia y el genio del enorme poeta Arthur Rimbaud. Y que un estilo opaque por un momento a tremendo personaje no es cosa de todos los días; o mejor aún, que el personaje del libro y el estilo de narrar concuerden en rebeldía y que cada uno a su modo, narrador y personaje retratado, sean unos enfants terribles ("pequeños desmadrosos"), es para mí salir al campo abierto y sentir que me da el aire en el rostro después de haber pasado muchos días encerrado en un calefactor, digamos la línea verde del metro de la Ciudad de México.

Pierre Michon, Rimbaud el hijo, México, Aldus, 1997, 106 pp.

martes, 7 de septiembre de 2010

Infierno de Luis Estrada

Si cerca de las elecciones del año 2000 en México, La ley de Herodes de Luis Estrada (México, 1962) aún encontraba un público harto del priísmo; pero esperanzado en el "cambio" foxista, Infierno, diez años después, encuentra a un país en donde lo cómico, como pasa en la película, termina siendo espantosamente real.
De las payasadas y estupideces de Vicente Fox, pasamos a la irresponsabilidad y al lenguaje acartonado de Felipe Calderón; uno que despreció la oportunidad histórica y el otro que desprecia a la realidad, afirmando, con propaganda e impactos mediáticos que el problema del narcotráfico se está resolviendo. Sabemos que no es así e Infierno con un lenguaje directo está ahí para que lo recordemos.
El filme es largo (145 m), y cansa, pero porque la mayor sorpresa con la que nos enfrentamos es la realidad; realidad que ha terminado por fastidiarnos con su injusticia y su corrupción; aunque, no obstante, es probable que esta sociedad, harta de todo esto, vuelva a su etapa priísta y probablemente, espero con sinceridad que no, el fijador de cabello de Peña Nieto deslumbre el monitor de los incautos durante el próximo sexenio; y todo porque no hemos sabido organizarnos como sociedad para acabar con nuestros grandes males. ¿Nos lo merecemos? Yo diría que no; pero la democracia aun siendo el mejor camino también tiene estos escollos que no hemos sabido cruzar de la mejor manera.
Muy recomendable película, con un guiño a los absurdos de los excesivos festejos bicentenarios, en donde las actuaciones, con Damían Alcázar en el papel principal y rodeado por una memorable plantilla, son estupendas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Cormac McCarthy

Este domingo volví a mirar la película No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007) de los hermanos Coen. Un filme violentísimo en donde Javier Bardem encarna al psicópata "perfecto", por su falta de escrúpulos, su amoralidad y su férrea supervivencia de mala hierba. Esta historia del llamado film noir o cine negro -por su temática, su tipo de humor y sus efectos visuales-, aunque no es mala, no alcanza las cumbres de esa terrible y hermosa película llamada Fargo de los mismos directores; pero no es sobre los Coen sobre los que quiero tratar ahora, sino sobre el autor del libro, del mismo título, en el que está basada No Country for Old Men: Cormac McCarthy.

Cormac McCarthy (EUA, 1933), al cual he podido acercarme por sus novelas Meridiano de sangre y La carretera es un escritor peculiar, del cual uno no sabe bien de dónde vino y para dónde va en sus historias; pues su mundo literario está marcado por la violencia, la crueldad y -he aquí su singularidad-, a pesar de todo, por la poesía. Una poética del horror es la suya, pues los espacios desérticos de sus relatos, ya sean literalmente en el desierto de Sonora en Meridiano de sangre o el desierto sin humanos y apocalíptico de La carretera, contrastan con la belleza en la narración de los paisajes; no importa que se trate de lugares inhóspitos, en donde abundan los apaches o los caza-apaches que asesinan y cortan orejas o cueros cabelludos por igual; tampoco importa si los caníbales, últimos humanos habitantes del mundo nos persiguen, siempre hay algo hermoso que mirar en el ancho mundo. Por lo mismo, hay algo que no cuadra, es como si al leer estos textos, el narrador me dijera: "los seres humanos son una mierda; pero la tierra en toda su extensión es inefable y yo me acerco a buscar un poco de belleza para hablar de ella, aunque la belleza que yo cuento sea la última belleza antes de la oscuridad final".

Hay un tono de versión de los últimos días en estos espacios ficticios en donde los personajes viven en el límite de su supervivencia, más allá de la llamada civilización -así se solía llamar alguna vez al conjunto de los animales gregarios que forman ciudades. Pero en realidad es ésto, la humanidad es sólo un cuento del pasado y nada parece detener a los (a pesar de todo) seres humanos que son bestias que giran, como animales de rapiña, alrededor de dos o tres personajes que se niegan a abandonarse para siempre en la inconsciencia y el abismo de estos mundos que están al borde de la desaparición definitiva.

No obstante, siempre brilla una luz y un futuro, por ejemplo, en el niño de La carretera que aún cree en la bondad; pero no siempre es una luz que ilumina, pues el conocimiento, si ha de sobrevivir, puede que lo haga en la mente criminal de ese malnacido albino, conocedor de astronomía y botánica, que es el juez Glanton en Meridiano de sangre. Lo que no deja de ser significativo, que se trate de un juez, y ya creo yo que valdría analizar cada una de estas novelas por separado; lo haré en otro momento, baste esto como introducción y recomendación de estas novelas -claro, no siempre aptas en períodos de desconsuelo o desesperanza; o, al contrario, quizá sirvan para recuperar el consuelo y la esperanza dentro de la violencia del mundo moderno; no lo sé, cada quien, si le interesa, vaya y explore, goce o sufra, y mire: lea.

viernes, 27 de agosto de 2010

La habitación cerrada de Paul Auster

Mi primer encuentro con la obra de Paul Auster (EUA, 1947) ocurrió hace algunos años. En aquella ocasión elegí al azar su novela Leviatán para un viaje que hice a Michoacán. Fue una experiencia peculiar, pues la región agrícola de este estado sureño contrastaba fuertemente con la novela políciaca y urbana que tenía ante mis ojos. Me interesé mucho por el suspenso de la historia durante algunos ratos y después el relato decayó hasta pasar a la lista de los libros que no recordaba con gran satisfacción. Decidí que no volvería a leer a este autor. Sin embargo, la popularidad de la que goza Paul Auster en el mundo anglosajón y aún en el hispano (Premio Príncipe de Asturias 2006) me hizo pensar que quizá no estaba siendo justo con sus textos y que a la primera oportunidad la emprendería con otra de sus novelas, quizá con más suerte. Y por azar, nuevamente -y qué mejor que haya sido así, pues el azar es un Leitmotiv o motivo principal en estos relatos-, por cuestiones académicas me ví otra vez con una novela de Auster en las manos.

La habitación cerrada (1986), novela final que se incluye dentro de La trilogía de Nueva York me dejó otra vez en la vacilación respecto a Paul Auster; pues virtudes y defectos parecen vincularse estrechamente en su escritura. Se trata de una historia que avanza alrededor de un personaje loco y misterioso que de pronto decide hacerse el muerto quién sabe por qué razones y une a una pareja -su esposa y su amigo- de manera inesperada. Yo encuentro en esta obra fragmentos inverosímiles e incluso cursis; pero también buen romanticismo -me refiero a nuestra manera contemporánea de considerar esto: el encuentro gradual de dos seres que se acercan erótica y emocionalmente-, y placer. Placer en el ritmo y la tensión de la primera parte del libro, lo cual me hizo recordar que leer es el asombro de saberse uno mismo recorriendo la sangre de otro cuerpo. Y no hablo del escritor, sino de ese otro ser (o esos otros seres) ficticio(s) que nos sumerge(n) en mundos insospechados en donde los suspiros y los escalofríos reinventan la plenitud de esa soledad (sin serlo) que es la lectura. La novela, además, es una reflexión sobre las posibilidades e imposibilidades de la escritura y de la vida. Esto en cuanto a los méritos.

Por otra parte, la presencia de esa sombra que al principio unió al innombrado narrador de la novela -su viejo amigo- con su destino y que ha creado para este mismo un mundo claustrofóbico e insoportable, deja de ser interesante y se convierte ya en algo sin sentido y grotesco, al menos para mí. Hay aún páginas estupendas y exploraciones sobre los caminos del odio, tan incomprensibles -en medio de la pasión- como los veriecuetos del amor; pero la novela se cae y llega un momento en donde el suspenso ya no recupera esa intensidad que había logrado con mucha eficacia al principio de la novela. En síntesis, gocé y por momentos soporté esta historia. No sé, por esto mismo, si después me animaré a leer los otras dos novelas de esta trilogía.

Paul Auster, La trilogía de Nueva York, Anagrama, 2010, 335 pp.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mallarmé

"Queda claro que cualquier infinito, como Dios o la eternidad, hubiera tenido el mismo efecto que la nada".

Esteban Tollichi hablando sobre la crisis religiosa de Mallarmé, en Los trabajos de la belleza modernista, 1848-1945..., EUA, Universidad de Puerto Rico (UPR), 2004, p. 212.

"Todo, en el mundo, existe para llevar a cabo un libro". Palabras de Mallarmé. Ídem.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Desvelo y alucinación

Despertarte a las 4 de la mañana con dolor de estómago no es grato si ya no puedes volver a dormir. En cambio, lo bueno de madrugar es que puedes asomarte a la calle y disfrutar de una ciudad poco común, una ciudad silenciosa frente a la cual puedes imaginar que aún se puede vivir en el Distrito Federal. Y si tienes paciencia y ganas de contemplación, puedes esperar algunas horas y ver cómo, poco a poco, se va pintando de colores el cielo; ya entonces, también puedes imaginar que aún es posible vivir en este planeta; aunque después, la realidad sea como un portazo en la cara: hay que esperar el camión que pasa cada quince minutos totalmente lleno, y esperar que en alguno haya un espacio en donde acomodarse; viajar en el límite de la puerta y el viento; con suerte te subes, por fin, y ahora te repliegas para leer y te cuidas de no golpear al vecino; autos y autos, avenidas y calles, transéuntes, ruidos... Después, tu metro barato y pausado: anunciantes de bolígrafos, limpiazapatos, niñas con acordeón, volantes..., ensimismado como los demás hasta que llega la música con el alto volumen; pero has llegado a las inmediaciones de la Universidad y ahora te puedes integrar a la próxima corriente de personas y dejarte ir. Todo bien: clases, discusiones, lecturas, teorías; hasta que tu cuerpo ya no sabe la hora del día ni el momento en el que comenzó todo, tus ojos empiezan a mirarte hacia dentro y tu piel comienza a pertenecerle a los árboles, a las banquetas, al asfalto, incluso a una de esas ardillas pardas que trepan los árboles de la Ciudad Universitaria; como sea, el cansancio, después de varias horas de clases, tiene su propia manera de hacerse presente y los párpados empiezan a colgar en tus rodillas y tus manos comienzan a pensar como si fueran tus pies; mientras que los espacios son ya espejos retrovisores empañados que te dicen en inglés que los objetos están más cerca de lo que miras; pero tú no comprendes nada, ya vas camino a casa y aunque te golpeas con cualquier objeto, y de repente, cuando tu pelo mojado derrama gotas sobre tu corazón, te das cuenta de que llueve; pero ya no importa, ya sueñas con ciudades tranquilas y cielos de colores aunque aún no hayas llegado a tu cama.

domingo, 15 de agosto de 2010

"El listón blanco" ("Das weisse Band") de Michael Haneke

Brutalidad, autoritarismo, machismo y otros ísmos despreciables en un pequeño y patriarcal pueblo alemán antes de la Primera Guerra Mundial; esto es lo que nos comparte Michael Haneke (Austria, 1942) en esta terrorífica película filmada en blanco y negro -lo que hace más opresiva la historia- y que explora el germen de ese fascismo que tendrá su momento más aberrante durante el nazismo alemán. Y quizá lo más interesante de la película sea esta relación entre los humanos y el poder. ¿Cómo es posible que haya ocurrido algo tan criminal como el nazismo en la historia reciente de la humanidad? Esta película invita a explorar algunas respuestas hurgando en las entrañas de un sistema político, que tanto como cualquier otro sistema político, sólo es un reflejo de la mentalidad de los habitantes que eligen tal o cual gobierno. En este caso, las figuras tradicionales que representan la autoridad -el terrateniente, el pastor y el médico-, educan en la violencia y la represión a los suyos. Otra figura tradicional de autoridad, el maestro, es cuestionado en su profesión y en su ética en todo momento; aunque es este último el que con una voz cansada, en off, nos cuenta la historia que veremos.
El filme tiene un ritmo cansino en la resolución de su problemática y deja algunos cabos sueltos; sin embargo, vale la pena echarle un vistazo a esta angustiante película; no porque sea angustiante, sino para entender mejor la angustia que produce la crueldad humana; ¿para qué? para comprender mejor nuestra propia sociedad. En el caso de México, si tenemos un gobierno conservador y que sólo apuesta por la "mano dura", es porque en nuestra sociedad abundan estas mismas mentalidades conservadoras y que apuestan a la represión, al punto de llevar a uno de los suyos al poder.

jueves, 5 de agosto de 2010

Rembrandt


Siempre lo expresó Rembrandt: cada uno brilla con luz propia;
algunos más curiosos,
otros indiferentes o sólo atentos a sí mismos;
orgullosos del conocimiento o atónitos frente a la muerte:
somos partícipes de la misma escena.

La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp (1632)





miércoles, 4 de agosto de 2010

Origen (Inception) de Christopher Nolan

¿Qué son los sueños? Al menos esta película me ha llevado a reflexionar nuevamente sobre el tema: ¿son el subconsciente, deseos no cumplidos o sólo el residuo de la actividad cerebral que por la noche se mezcla indiscriminadamente? ¿Son la constancia de que nosotros mismos -no olvidemos a Shakespeare y a Calderón- somos el sueño de alguien más? No lo sé, pero resulta fascinante explorar el tema; por esto mismo, a más de quedarme con las ganas en la creación de espacios oníricos más originales y fantasiosos durante el filme, no puedo decir que no vi una película interesante, al menos durante una hora y media de las dos y media que dura la cinta.
Di Caprio (ese niño con bigote) y su equipo entran en la mente (en los sueños) de un hombre dispuestos a inseminarle una idea que cambie su vida. Esta motivación que dirige la historia no me convence; pero hay otro relato en el fondo, más inquietante, una historia de amor y culpa que me lleva a enlazar esta película con la hipermelancólica Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos) del más creativo Michel Gondry.
Al final, uno sale del cine con una profunda sensación de irrealidad, y esto me parece bien, pues hemos entrado al pacto ficcional con uno de los tantos otros mundos posibles que nos ofrecen las historias.

lunes, 2 de agosto de 2010

Amphitryon de Ignacio Padilla

Novela de suspenso en donde los personajes -jugadores y al mismo tiempo piezas de un inmenso tablero de ajedrez- desembrollan desde sus escaques sus motivaciones y remordimientos. La visión de las acciones o de las partidas del mundo, pareciera decirnos el relato, siempre es sesgada. Vemos sólo una parte de la realidad y necesitamos de los demás para poder mirar más; pero acercarse a los otros en esta novela, conlleva el riesgo de no saber si los otros personajes buscan el jaque mate junto a uno, o sólo intentan derribar cuantas piezas puedan -incluido uno mismo-, porque cualquier objetivo en común es suspicaz. El bien y el mal -sean lo que sean- no son tan claros como los dos colores del tablero. El bien y el mal son difusos, por eso el tablero sirve como fondo lúcido para tejer complejidades.

Amphytrion es una novela inteligente, precisa en su lenguaje y en su trama, ágil en su desarrollo. Narrada en cuatro capítulos en donde cuatro personajes se preguntan sobre sus nombres y sobre los hombres, es decir, sobre el género humano con sus orfandades y esperanzas. Estamos al inicio de la Primera Guerra Mundial y no se ha asimilado su dureza cuando ya entramos en los cataclismos de la Segunda Guerra: Berlín, Viena, Austria, Ucrania y a lo lejos, con el paso del tiempo, voces desde Londres y Buenos Aires evaluando el pasado. El imperio Austro-húngaro y su derrumbe, el nazismo y su locura; pero al final la conciencia de cada individuo y su propia identidad.

¿Pero qué es la identidad? ¿Es libertad, es un destino? Al menos aquí los personajes parecen piezas movidas al azar por un desconocido; se suplantan identidades y la partida está abierta. La novela por momentos es enredada, pero porque Borges ha prestado el tablero; Dostoyevsky, por otra parte, presta una de sus mejores piezas -Ivan el nihilista- de Los hermanos Karamazov, para suplantar a su hermano Alexei o Alioscha, seminarista desencantado, en la partida. Suplantación de identidades y búsqueda de la verdad tanto para el lector como para los personajes.

Ignacio Padilla (México, 1968) ha escrito un buen libro. Muy afiliado en su temática -desentrañar las raíces del mal- y en su espacio -la Europa caótica de la primera mitad del siglo XX- al de su contemporáneo Jorge Volpi en su libro En busca de Klingsor. Por mi parte, si ha sido grande el placer de sumergirme en ambos mundos, y aunque los recomiendo mucho, en ambos narradores extraño, no la inteligencia, el oficio y el talento, que en los dos los hay a caudales, sino algo de equilibrio entre intelecto y pasión; quiero decir, ambos son libros para explorar los laberintos de la razón, no los otros laberintos, los de nuestras emociones.

Ignacio Padilla, Amphitryon, Espasa, 2000, 219 pp.

domingo, 1 de agosto de 2010

El Maradona de Emir Kusturica

Emir Kusturica, director serbio, realizador de Gato negro, gato blanco y Underground, entre otras afamadas películas, filmó en 2008 un documental sobre el futbolista argentino, del cual se confiesa amigo y admirador.

Es la de Kusturica una mirada amable, pero no condescendiente, que nos muestra a un Maradona sencillo y a otro ególatra, a uno alegre, riendo a carcajadas, y a otro tristísimo; nos muestra que Maradona era un genio del balompié -un Dios para algunas idolatrías modernas que erigen ritos e iglesia alabando su figura-; pero las escenas futbolísticas -que no abarcan la mayor parte de la película- sobre esas canchas en donde Maradona era el niño más feliz del mundo, contrastan con la caída del ángel a la tierra cotidiana, a la tierra de todos los días donde no puede, con nostalgia, recuperar el paraíso.

Un Maradona malhablado y bravucón, pero también uno sincero que confiesa en su mirada no entender de qué va la vida fuera del rectángulo verde. Movilizador de multitudes en Argentina o en Nápoles, Kusturica sentencia: "Si no hubiera sido futbolista hubiera sido un revolucionario"; porque Maradona está enamorado de Fidel Castro y junto a Evo Morales y Hugo Chávez en Mar del Plata promueve el anti-imperialismo; Kusturica insiste: God save the queen de los Sex pistols suena recurrentemente y el astro extraído de la pobreza desafía al sistema político-económico internacional sobre la cancha.

En fin, el polémico Maradona, triunfador y héroe moderno arrastrado por la cocaína al infierno de la soledad, es mostrado como el rebelde del fútbol exiliado en la tierra de las complejidades humanas. No se acaban las preguntas: ¿quién es este pibe que maravilló a los aficionados al fútbol y al mismo tiempo decepcionó a los dioses de la sensatez? ¿Es triste su destino o es la tristeza lo que promueve una religión? ¿Por qué no siempre te quedaste en la cancha de fútbol, Maradona?

miércoles, 28 de julio de 2010

Vacaciones y muchas horas en la cama; pero pasa el camión de gas licuado propano y hay que levantarse, porque si no, no hay agua caliente; pasan los de la Secretaría de Salud vacunando a perros y gatos y hay que volverse a parar, pues ya les toca a Pancho y a Luna (felinos) la antirrábica; Luna me rasguña y echa a correr cuando la llevo hacia la puerta de la casa y ve a un hombre de bata blanca acercarse, pronto se mete en un cuarto sin salida; pero le ha llegado su hora, gimotea un poco mientras el tipo de la bata saca esa espeluznante jeringa con aguja hipodérmica de no sé cuántos centímetros de largo, pero siempre parece más larga que lo real, goteando, ¡y ay, Luna, no quisiera estar en tu lugar! Chilla cuando siente el piquete y me alivia que el tipo de la bata se la haya colocado a ella y no a mí, pues yo sostengo las cuatro patas de Luna con las dos manos; ¡ya pasó...! Descargo a Luna y ella echa a correr como loca hacia dentro de la casa. Pancho está muy quieto durmiendo, soñando sus sueños de gato, debajo de la mesa de la cocina, cuando lo sorprendo y ¡vámonos!, se resiste un poco, patalea, se resiste, ¡no, no te me vas a ir!, y ahí viene otra vez la horrible jeringa y Pancho se resigna, ¡qué más puede hacer el pobre Pancho! Pero ni tiempo me da de decirle el lugar común, ¡así es la vida!, cuando Pancho ya enfila con su pesado cuerpo de nuevo a la cocina. Sí, todos, Pancho, Luna y yo, odiamos al inventor de las jeringas.

martes, 27 de julio de 2010

Me levanté tardísimo, escribí un par de correos y desayuné.
Por la tarde fui al cine con M. Sus lindos ojos grandes y rojos me entristecen. Creo que estos son días en que todo me entristece; mi amiga Paroxetina parece no estar proporcionando demasiado combustible al montón de filamentos neuronales en donde a cada rato se me caen los pensamientos y las memorias como gotas que encharcan los ojos. Vimos una mala película -Gasolina, guatemalteca-; oscuridad y desmadre adolescente de ritmo lentísimo, español dificultoso y pasajes sin trascendencia; denuncia, sólo denuncia sin arte que permita abrir más los ojos; regresé a casa pateando piedritas en el camino.
Por la noche, continúe leyendo una novela autobiográfica (El rock de la cárcel) de José Agustín, escritor mexicano que conocí en el bachillerato cuando la profesora de literatura nos puso a leer La tumba, nunca me pareció muy buena, pero el lenguaje del escritor, por otras lecturas, me atraía por su desenfado y sus palabrotas; pues bien, todo eso, ahora me parece carente de magia; lo único atractivo del libro es el relato del encarcelamiento injusto del autor, durante siete meses, en la cárcel de Lecumberri; una vileza tal como lo es el encarcelamiento del sobrino de mi amigo O. en estos días.
Me aterro al pensar que nuestro sistema judicial sigue siendo tan despreciable como lo fue en la segunda mitad del siglo XX. Y hablo sólo de esta época, porque es de la cual tengo más información: el 68, el 71, presos políticos sin parar desde entonces; sin contar a los desparecidos del partido de la izquierda durante el régimen de Salinas y aún no sabemos qué pasó con los últimos que secuestraron del Ejército Popular Revolucionario y periodistas y más periodistas...
¿Qué está pasando en México? Décadas de corrupción y pobreza fueron la levadura de un pastel de pólvora al que ahora le prenden mecha narcotraficantes y políticos. Se pierden los límites entre unos y otros; pero todo es más complejo; ¿soluciones? ¿una revolución? ¿quiénes la harán y para qué la harán?
Recuerdo a Granados Chapa decir de alguien que era un revolucionario, pero no porque plantara bombas, sino porque plantaba ideas... O al recién fallecido Monsiváis escribiendo que nada ni nadie podía detener una idea a la que le había llegado su tiempo; ¿pero es el tiempo de una idea común que proporcione, al menos, esperanza de otro presente? ¿O sólo queda, como otras veces, apelar al fuero individual para equilibrar la situación? Preguntas que si no son ideas, siempre son el comienzo de las ideas; tal vez no encontramos las respuestas necesarias, las ideas necesarias, porque no nos hacemos las preguntas necesarias, ¿de quién era esto? No lo recuerdo. Voy a dormir.
Nicotina, cafeína e insomnio; pero sólo la noche logra borrar el desasosiego. Lecturas para pasar el rato, nada extraordinario; pero en algún momento me reencuentro con Quevedo casi ilegible a las once de la oscuridad -por el latín y los arcaísmos-; pero astuto. "Sueño del juicio final" y cadáveres levantándose buscando de manera chistosa sus miembros y sus huesos, casi todos al infierno, que siempre parece lugar más alegre -recuérdese la Comedia- que el cielo. Después un artículo escalofríante, en algún lugar de África personas inyectándose la sangre de los que han consumido heroína y que por benevolencia les ceden una cucharadita roja (flashblood) como placebo a los que padecen el síndrome de abstinencia. Y apenas a estas horas regresa el sueño que tuve esta mañana: una mujer del pasado con la que nunca conocí el erotismo y con la que siempre conocí el erotismo; "¿me contradigo?, bien, me contradigo..."; Walt Whitman siempre salva la noche.

domingo, 25 de julio de 2010

Una semana en un Acapulco lluvioso y con tráfico; mejor permanecer en Puerto Marquez, con los pequeños cangrejos caminando en los pasillos del hotel; sumergirme en la alberca y después ir a la playa bajo una palapa para un cóctel; además, mangos con chile, empanadas de arroz dulce; pero antes cerveza, agua de coco y nadar mar adentro con salvavidas; relajarme en esa soledad del mar azul, lejos de las corcholatas y la mugre de la orilla, lejos del montón de turistas y de las invitaciones incesantes de los vendedores; lejos de la fobia al futuro; tranquilo, sintiendo el agua alrededor de mi cuerpo, tranquilo que me hallo cielo y mar unido en la sensación infinita de la serenidad; ya después volverá el estrés citadino, el montón de gente audífonos al oído y el no mirar a nadie. Nostalgias arenosas reverberan con nombre de mujer; pero aún no, aún estoy ahí mecido por el movimiento de los astros; frente a mí el horizonte, barcas y aves solitarias; a un lado, a lo lejos, peñascos, residencias, el tumulto abigarrado de mi especie; pero ahora no, ahora pertenezco al reino de los cangrejos, desplazándose raudos o lentos, algunos apachurrados por piernas imprudentes; soy de los suyos, ajenos al mundo, a los males y pormenores de la muerte, siempre llevando el mar en sus cuerpos; así es esta tranquilidad de mar adentro.

sábado, 17 de julio de 2010

Un cenicero casi lleno, recuerdo de una noche a la intemperie en Ámsterdam; polvo negro de la muerte y las letras de la marca gringa asoman desde ahí, tatuan mis pupilas con presagios de lo ponderable; hábito sin ventura de la boca al tacto, del olfato a mis ojos; pequeños tallos de las flores de humo amontonados; pero la estética nada vale, pues al final yacen en ese féretro dorado y circular esas pequeñas criaturas hijas de mi ansiedad: deformes, dobladas; fálicas especies abandonadas a su suerte en su negro mar; tristes cuerpos consumidos por el fuego, lacerados, achicharrados en su pequeño círculo dantesco; ni un lamento, ni una lágrima, si acaso una herida endurecida de planta quemada y ámpulas reventadas; triste naufragio; mientras otro espécimen, se les reúne lentamente; triste naufragio de hábitos.
Una pareja abrazada; dieciséis años, no lo sé. Ebrios en su abrazo heterodoxo.
Quién sabe si el gusto por el alcohol de los solitarios
es sólo el recuerdo y la nostalgia de esa ebriedad.
La avenida vacía; luces blancas, azules y amarillas.
Una mirada cautelosa se asoma por la ventana,
recordando a Hölderlin:
"nunca turben la paz de los enamorados";
una mirada cautelosa,
la mía.
Hoy no, no ganas la palabra; sale tarde el sol y la cabeza pesa; cielo azul; vueltas en la cama; cientos de personas: colores, sonidos, gritos, ruedas girando, cargamentos, poco a poco aletargado, no estás ahí. Recuerdos de la ansiedad, gira, gira... The day's gone, der Tag ist aus; ¿dónde detenerse? Anhelo de verborrea encadenada a la rabia en ritmos centrífugos pero que las palabras digan algo y no se detengan en el dique de la angustia.
Hoy no, es sólo un poco de disciplina; escribir antes de desaparecer en la pequeña muerte del sueño. Recuerdo: hubo un momento: Longino (¿siglo I?); sin encontrar después el deseo; souvenir: Hiroshima mon amour bajo la lluvia; piel, dolor... El olvido blanco y negro y después luces brillando; disperso, ajeno, cortado; la luz corta con su filo el pensamiento; el agua se filtra en la pared del cerebro; esbozos del pudor; rostros grotescos en la circunferencia; la lluvia muerde las hojas y pronto esperas concluir.
No... nada, rodeos, búsquedas; tristeza. Una sola palabra esconde el porvenir.

jueves, 15 de julio de 2010

Cansancio. Y sin luna en el cielo. Muertos en Ciudad Juárez: no es noticia; desesperanza. Por otro lado, vacaciones en puerta; previsiones: boletos, sol, ropa cómoda. El gato brincando a mi cuarto por la ventana. Me cuesta el Ulises de Joyce. Y ayer Isaías, la sacra Biblia, odio, devastación; un libro sobre Granados Chapa (Musacchio): periodista en proceso, poco a poco más liberal; periódicos, vida mexicana durante cuatro décadas; corruptela. Mensajes al celular. Llanto de niños; avenida Álvaro Obregón; metrobús lleno en la estación Nuevo León, desesperado..., empujones, roces. Más tarde, abrazos, plática con N.: Murakami, cine, política, hambre... Idea de un diario; sucesos; de pronto Eje 4, luces; gente en los tacos sobre el Periférico y el recuerdo vago de un semáforo que confunde a la salida del metro Etiopía: Desciendo, un gato muy pequeño llora tres pisos arriba al paso y comienza una llovizna; saludos a un par de amigos; cena: piel de cerdo, aguacate, jitomate, cebolla, tortilla, agua. Ganas de una película; dudas sobre la próxima lectura; me aguarda la crítica literaria antes que comience otra vez la escuela; no rebasar el límite de palabras; Lady Gaga muestra los senos en Twitter... ¿y? No pensar demasiado en los comienzos. Ir a dormir o a leer otro rato; tal vez la película.

lunes, 15 de marzo de 2010

Nos visitó la muerte

Nos visitó la muerte la semana pasada

y no supimos qué hacer con su presencia.

Fue una mala invitada,

impertinente y sucia en sus maneras.

Tanto,

que me cuesta creer que esa muerte tan bruta

sea la maestra

de nuestra poca sabiduría.