miércoles, 28 de julio de 2010
Vacaciones y muchas horas en la cama; pero pasa el camión de gas licuado propano y hay que levantarse, porque si no, no hay agua caliente; pasan los de la Secretaría de Salud vacunando a perros y gatos y hay que volverse a parar, pues ya les toca a Pancho y a Luna (felinos) la antirrábica; Luna me rasguña y echa a correr cuando la llevo hacia la puerta de la casa y ve a un hombre de bata blanca acercarse, pronto se mete en un cuarto sin salida; pero le ha llegado su hora, gimotea un poco mientras el tipo de la bata saca esa espeluznante jeringa con aguja hipodérmica de no sé cuántos centímetros de largo, pero siempre parece más larga que lo real, goteando, ¡y ay, Luna, no quisiera estar en tu lugar! Chilla cuando siente el piquete y me alivia que el tipo de la bata se la haya colocado a ella y no a mí, pues yo sostengo las cuatro patas de Luna con las dos manos; ¡ya pasó...! Descargo a Luna y ella echa a correr como loca hacia dentro de la casa. Pancho está muy quieto durmiendo, soñando sus sueños de gato, debajo de la mesa de la cocina, cuando lo sorprendo y ¡vámonos!, se resiste un poco, patalea, se resiste, ¡no, no te me vas a ir!, y ahí viene otra vez la horrible jeringa y Pancho se resigna, ¡qué más puede hacer el pobre Pancho! Pero ni tiempo me da de decirle el lugar común, ¡así es la vida!, cuando Pancho ya enfila con su pesado cuerpo de nuevo a la cocina. Sí, todos, Pancho, Luna y yo, odiamos al inventor de las jeringas.
martes, 27 de julio de 2010
Me levanté tardísimo, escribí un par de correos y desayuné.
Por la tarde fui al cine con M. Sus lindos ojos grandes y rojos me entristecen. Creo que estos son días en que todo me entristece; mi amiga Paroxetina parece no estar proporcionando demasiado combustible al montón de filamentos neuronales en donde a cada rato se me caen los pensamientos y las memorias como gotas que encharcan los ojos. Vimos una mala película -Gasolina, guatemalteca-; oscuridad y desmadre adolescente de ritmo lentísimo, español dificultoso y pasajes sin trascendencia; denuncia, sólo denuncia sin arte que permita abrir más los ojos; regresé a casa pateando piedritas en el camino.
Por la noche, continúe leyendo una novela autobiográfica (El rock de la cárcel) de José Agustín, escritor mexicano que conocí en el bachillerato cuando la profesora de literatura nos puso a leer La tumba, nunca me pareció muy buena, pero el lenguaje del escritor, por otras lecturas, me atraía por su desenfado y sus palabrotas; pues bien, todo eso, ahora me parece carente de magia; lo único atractivo del libro es el relato del encarcelamiento injusto del autor, durante siete meses, en la cárcel de Lecumberri; una vileza tal como lo es el encarcelamiento del sobrino de mi amigo O. en estos días.
Me aterro al pensar que nuestro sistema judicial sigue siendo tan despreciable como lo fue en la segunda mitad del siglo XX. Y hablo sólo de esta época, porque es de la cual tengo más información: el 68, el 71, presos políticos sin parar desde entonces; sin contar a los desparecidos del partido de la izquierda durante el régimen de Salinas y aún no sabemos qué pasó con los últimos que secuestraron del Ejército Popular Revolucionario y periodistas y más periodistas...
¿Qué está pasando en México? Décadas de corrupción y pobreza fueron la levadura de un pastel de pólvora al que ahora le prenden mecha narcotraficantes y políticos. Se pierden los límites entre unos y otros; pero todo es más complejo; ¿soluciones? ¿una revolución? ¿quiénes la harán y para qué la harán?
Recuerdo a Granados Chapa decir de alguien que era un revolucionario, pero no porque plantara bombas, sino porque plantaba ideas... O al recién fallecido Monsiváis escribiendo que nada ni nadie podía detener una idea a la que le había llegado su tiempo; ¿pero es el tiempo de una idea común que proporcione, al menos, esperanza de otro presente? ¿O sólo queda, como otras veces, apelar al fuero individual para equilibrar la situación? Preguntas que si no son ideas, siempre son el comienzo de las ideas; tal vez no encontramos las respuestas necesarias, las ideas necesarias, porque no nos hacemos las preguntas necesarias, ¿de quién era esto? No lo recuerdo. Voy a dormir.
Por la tarde fui al cine con M. Sus lindos ojos grandes y rojos me entristecen. Creo que estos son días en que todo me entristece; mi amiga Paroxetina parece no estar proporcionando demasiado combustible al montón de filamentos neuronales en donde a cada rato se me caen los pensamientos y las memorias como gotas que encharcan los ojos. Vimos una mala película -Gasolina, guatemalteca-; oscuridad y desmadre adolescente de ritmo lentísimo, español dificultoso y pasajes sin trascendencia; denuncia, sólo denuncia sin arte que permita abrir más los ojos; regresé a casa pateando piedritas en el camino.
Por la noche, continúe leyendo una novela autobiográfica (El rock de la cárcel) de José Agustín, escritor mexicano que conocí en el bachillerato cuando la profesora de literatura nos puso a leer La tumba, nunca me pareció muy buena, pero el lenguaje del escritor, por otras lecturas, me atraía por su desenfado y sus palabrotas; pues bien, todo eso, ahora me parece carente de magia; lo único atractivo del libro es el relato del encarcelamiento injusto del autor, durante siete meses, en la cárcel de Lecumberri; una vileza tal como lo es el encarcelamiento del sobrino de mi amigo O. en estos días.
Me aterro al pensar que nuestro sistema judicial sigue siendo tan despreciable como lo fue en la segunda mitad del siglo XX. Y hablo sólo de esta época, porque es de la cual tengo más información: el 68, el 71, presos políticos sin parar desde entonces; sin contar a los desparecidos del partido de la izquierda durante el régimen de Salinas y aún no sabemos qué pasó con los últimos que secuestraron del Ejército Popular Revolucionario y periodistas y más periodistas...
¿Qué está pasando en México? Décadas de corrupción y pobreza fueron la levadura de un pastel de pólvora al que ahora le prenden mecha narcotraficantes y políticos. Se pierden los límites entre unos y otros; pero todo es más complejo; ¿soluciones? ¿una revolución? ¿quiénes la harán y para qué la harán?
Recuerdo a Granados Chapa decir de alguien que era un revolucionario, pero no porque plantara bombas, sino porque plantaba ideas... O al recién fallecido Monsiváis escribiendo que nada ni nadie podía detener una idea a la que le había llegado su tiempo; ¿pero es el tiempo de una idea común que proporcione, al menos, esperanza de otro presente? ¿O sólo queda, como otras veces, apelar al fuero individual para equilibrar la situación? Preguntas que si no son ideas, siempre son el comienzo de las ideas; tal vez no encontramos las respuestas necesarias, las ideas necesarias, porque no nos hacemos las preguntas necesarias, ¿de quién era esto? No lo recuerdo. Voy a dormir.
Nicotina, cafeína e insomnio; pero sólo la noche logra borrar el desasosiego. Lecturas para pasar el rato, nada extraordinario; pero en algún momento me reencuentro con Quevedo casi ilegible a las once de la oscuridad -por el latín y los arcaísmos-; pero astuto. "Sueño del juicio final" y cadáveres levantándose buscando de manera chistosa sus miembros y sus huesos, casi todos al infierno, que siempre parece lugar más alegre -recuérdese la Comedia- que el cielo. Después un artículo escalofríante, en algún lugar de África personas inyectándose la sangre de los que han consumido heroína y que por benevolencia les ceden una cucharadita roja (flashblood) como placebo a los que padecen el síndrome de abstinencia. Y apenas a estas horas regresa el sueño que tuve esta mañana: una mujer del pasado con la que nunca conocí el erotismo y con la que siempre conocí el erotismo; "¿me contradigo?, bien, me contradigo..."; Walt Whitman siempre salva la noche.
domingo, 25 de julio de 2010
Una semana en un Acapulco lluvioso y con tráfico; mejor permanecer en Puerto Marquez, con los pequeños cangrejos caminando en los pasillos del hotel; sumergirme en la alberca y después ir a la playa bajo una palapa para un cóctel; además, mangos con chile, empanadas de arroz dulce; pero antes cerveza, agua de coco y nadar mar adentro con salvavidas; relajarme en esa soledad del mar azul, lejos de las corcholatas y la mugre de la orilla, lejos del montón de turistas y de las invitaciones incesantes de los vendedores; lejos de la fobia al futuro; tranquilo, sintiendo el agua alrededor de mi cuerpo, tranquilo que me hallo cielo y mar unido en la sensación infinita de la serenidad; ya después volverá el estrés citadino, el montón de gente audífonos al oído y el no mirar a nadie. Nostalgias arenosas reverberan con nombre de mujer; pero aún no, aún estoy ahí mecido por el movimiento de los astros; frente a mí el horizonte, barcas y aves solitarias; a un lado, a lo lejos, peñascos, residencias, el tumulto abigarrado de mi especie; pero ahora no, ahora pertenezco al reino de los cangrejos, desplazándose raudos o lentos, algunos apachurrados por piernas imprudentes; soy de los suyos, ajenos al mundo, a los males y pormenores de la muerte, siempre llevando el mar en sus cuerpos; así es esta tranquilidad de mar adentro.
sábado, 17 de julio de 2010
Un cenicero casi lleno, recuerdo de una noche a la intemperie en Ámsterdam; polvo negro de la muerte y las letras de la marca gringa asoman desde ahí, tatuan mis pupilas con presagios de lo ponderable; hábito sin ventura de la boca al tacto, del olfato a mis ojos; pequeños tallos de las flores de humo amontonados; pero la estética nada vale, pues al final yacen en ese féretro dorado y circular esas pequeñas criaturas hijas de mi ansiedad: deformes, dobladas; fálicas especies abandonadas a su suerte en su negro mar; tristes cuerpos consumidos por el fuego, lacerados, achicharrados en su pequeño círculo dantesco; ni un lamento, ni una lágrima, si acaso una herida endurecida de planta quemada y ámpulas reventadas; triste naufragio; mientras otro espécimen, se les reúne lentamente; triste naufragio de hábitos.
Una pareja abrazada; dieciséis años, no lo sé. Ebrios en su abrazo heterodoxo.
Quién sabe si el gusto por el alcohol de los solitarios
es sólo el recuerdo y la nostalgia de esa ebriedad.
La avenida vacía; luces blancas, azules y amarillas.
Una mirada cautelosa se asoma por la ventana,
recordando a Hölderlin:
"nunca turben la paz de los enamorados";
una mirada cautelosa,
la mía.
Quién sabe si el gusto por el alcohol de los solitarios
es sólo el recuerdo y la nostalgia de esa ebriedad.
La avenida vacía; luces blancas, azules y amarillas.
Una mirada cautelosa se asoma por la ventana,
recordando a Hölderlin:
"nunca turben la paz de los enamorados";
una mirada cautelosa,
la mía.
Hoy no, no ganas la palabra; sale tarde el sol y la cabeza pesa; cielo azul; vueltas en la cama; cientos de personas: colores, sonidos, gritos, ruedas girando, cargamentos, poco a poco aletargado, no estás ahí. Recuerdos de la ansiedad, gira, gira... The day's gone, der Tag ist aus; ¿dónde detenerse? Anhelo de verborrea encadenada a la rabia en ritmos centrífugos pero que las palabras digan algo y no se detengan en el dique de la angustia.
Hoy no, es sólo un poco de disciplina; escribir antes de desaparecer en la pequeña muerte del sueño. Recuerdo: hubo un momento: Longino (¿siglo I?); sin encontrar después el deseo; souvenir: Hiroshima mon amour bajo la lluvia; piel, dolor... El olvido blanco y negro y después luces brillando; disperso, ajeno, cortado; la luz corta con su filo el pensamiento; el agua se filtra en la pared del cerebro; esbozos del pudor; rostros grotescos en la circunferencia; la lluvia muerde las hojas y pronto esperas concluir.
No... nada, rodeos, búsquedas; tristeza. Una sola palabra esconde el porvenir.
Hoy no, es sólo un poco de disciplina; escribir antes de desaparecer en la pequeña muerte del sueño. Recuerdo: hubo un momento: Longino (¿siglo I?); sin encontrar después el deseo; souvenir: Hiroshima mon amour bajo la lluvia; piel, dolor... El olvido blanco y negro y después luces brillando; disperso, ajeno, cortado; la luz corta con su filo el pensamiento; el agua se filtra en la pared del cerebro; esbozos del pudor; rostros grotescos en la circunferencia; la lluvia muerde las hojas y pronto esperas concluir.
No... nada, rodeos, búsquedas; tristeza. Una sola palabra esconde el porvenir.
jueves, 15 de julio de 2010
Cansancio. Y sin luna en el cielo. Muertos en Ciudad Juárez: no es noticia; desesperanza. Por otro lado, vacaciones en puerta; previsiones: boletos, sol, ropa cómoda. El gato brincando a mi cuarto por la ventana. Me cuesta el Ulises de Joyce. Y ayer Isaías, la sacra Biblia, odio, devastación; un libro sobre Granados Chapa (Musacchio): periodista en proceso, poco a poco más liberal; periódicos, vida mexicana durante cuatro décadas; corruptela. Mensajes al celular. Llanto de niños; avenida Álvaro Obregón; metrobús lleno en la estación Nuevo León, desesperado..., empujones, roces. Más tarde, abrazos, plática con N.: Murakami, cine, política, hambre... Idea de un diario; sucesos; de pronto Eje 4, luces; gente en los tacos sobre el Periférico y el recuerdo vago de un semáforo que confunde a la salida del metro Etiopía: Desciendo, un gato muy pequeño llora tres pisos arriba al paso y comienza una llovizna; saludos a un par de amigos; cena: piel de cerdo, aguacate, jitomate, cebolla, tortilla, agua. Ganas de una película; dudas sobre la próxima lectura; me aguarda la crítica literaria antes que comience otra vez la escuela; no rebasar el límite de palabras; Lady Gaga muestra los senos en Twitter... ¿y? No pensar demasiado en los comienzos. Ir a dormir o a leer otro rato; tal vez la película.
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