sábado, 17 de julio de 2010

Un cenicero casi lleno, recuerdo de una noche a la intemperie en Ámsterdam; polvo negro de la muerte y las letras de la marca gringa asoman desde ahí, tatuan mis pupilas con presagios de lo ponderable; hábito sin ventura de la boca al tacto, del olfato a mis ojos; pequeños tallos de las flores de humo amontonados; pero la estética nada vale, pues al final yacen en ese féretro dorado y circular esas pequeñas criaturas hijas de mi ansiedad: deformes, dobladas; fálicas especies abandonadas a su suerte en su negro mar; tristes cuerpos consumidos por el fuego, lacerados, achicharrados en su pequeño círculo dantesco; ni un lamento, ni una lágrima, si acaso una herida endurecida de planta quemada y ámpulas reventadas; triste naufragio; mientras otro espécimen, se les reúne lentamente; triste naufragio de hábitos.

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