miércoles, 28 de julio de 2010

Vacaciones y muchas horas en la cama; pero pasa el camión de gas licuado propano y hay que levantarse, porque si no, no hay agua caliente; pasan los de la Secretaría de Salud vacunando a perros y gatos y hay que volverse a parar, pues ya les toca a Pancho y a Luna (felinos) la antirrábica; Luna me rasguña y echa a correr cuando la llevo hacia la puerta de la casa y ve a un hombre de bata blanca acercarse, pronto se mete en un cuarto sin salida; pero le ha llegado su hora, gimotea un poco mientras el tipo de la bata saca esa espeluznante jeringa con aguja hipodérmica de no sé cuántos centímetros de largo, pero siempre parece más larga que lo real, goteando, ¡y ay, Luna, no quisiera estar en tu lugar! Chilla cuando siente el piquete y me alivia que el tipo de la bata se la haya colocado a ella y no a mí, pues yo sostengo las cuatro patas de Luna con las dos manos; ¡ya pasó...! Descargo a Luna y ella echa a correr como loca hacia dentro de la casa. Pancho está muy quieto durmiendo, soñando sus sueños de gato, debajo de la mesa de la cocina, cuando lo sorprendo y ¡vámonos!, se resiste un poco, patalea, se resiste, ¡no, no te me vas a ir!, y ahí viene otra vez la horrible jeringa y Pancho se resigna, ¡qué más puede hacer el pobre Pancho! Pero ni tiempo me da de decirle el lugar común, ¡así es la vida!, cuando Pancho ya enfila con su pesado cuerpo de nuevo a la cocina. Sí, todos, Pancho, Luna y yo, odiamos al inventor de las jeringas.

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