Me levanté tardísimo, escribí un par de correos y desayuné.
Por la tarde fui al cine con M. Sus lindos ojos grandes y rojos me entristecen. Creo que estos son días en que todo me entristece; mi amiga Paroxetina parece no estar proporcionando demasiado combustible al montón de filamentos neuronales en donde a cada rato se me caen los pensamientos y las memorias como gotas que encharcan los ojos. Vimos una mala película -Gasolina, guatemalteca-; oscuridad y desmadre adolescente de ritmo lentísimo, español dificultoso y pasajes sin trascendencia; denuncia, sólo denuncia sin arte que permita abrir más los ojos; regresé a casa pateando piedritas en el camino.
Por la noche, continúe leyendo una novela autobiográfica (El rock de la cárcel) de José Agustín, escritor mexicano que conocí en el bachillerato cuando la profesora de literatura nos puso a leer La tumba, nunca me pareció muy buena, pero el lenguaje del escritor, por otras lecturas, me atraía por su desenfado y sus palabrotas; pues bien, todo eso, ahora me parece carente de magia; lo único atractivo del libro es el relato del encarcelamiento injusto del autor, durante siete meses, en la cárcel de Lecumberri; una vileza tal como lo es el encarcelamiento del sobrino de mi amigo O. en estos días.
Me aterro al pensar que nuestro sistema judicial sigue siendo tan despreciable como lo fue en la segunda mitad del siglo XX. Y hablo sólo de esta época, porque es de la cual tengo más información: el 68, el 71, presos políticos sin parar desde entonces; sin contar a los desparecidos del partido de la izquierda durante el régimen de Salinas y aún no sabemos qué pasó con los últimos que secuestraron del Ejército Popular Revolucionario y periodistas y más periodistas...
¿Qué está pasando en México? Décadas de corrupción y pobreza fueron la levadura de un pastel de pólvora al que ahora le prenden mecha narcotraficantes y políticos. Se pierden los límites entre unos y otros; pero todo es más complejo; ¿soluciones? ¿una revolución? ¿quiénes la harán y para qué la harán?
Recuerdo a Granados Chapa decir de alguien que era un revolucionario, pero no porque plantara bombas, sino porque plantaba ideas... O al recién fallecido Monsiváis escribiendo que nada ni nadie podía detener una idea a la que le había llegado su tiempo; ¿pero es el tiempo de una idea común que proporcione, al menos, esperanza de otro presente? ¿O sólo queda, como otras veces, apelar al fuero individual para equilibrar la situación? Preguntas que si no son ideas, siempre son el comienzo de las ideas; tal vez no encontramos las respuestas necesarias, las ideas necesarias, porque no nos hacemos las preguntas necesarias, ¿de quién era esto? No lo recuerdo. Voy a dormir.
Por la tarde fui al cine con M. Sus lindos ojos grandes y rojos me entristecen. Creo que estos son días en que todo me entristece; mi amiga Paroxetina parece no estar proporcionando demasiado combustible al montón de filamentos neuronales en donde a cada rato se me caen los pensamientos y las memorias como gotas que encharcan los ojos. Vimos una mala película -Gasolina, guatemalteca-; oscuridad y desmadre adolescente de ritmo lentísimo, español dificultoso y pasajes sin trascendencia; denuncia, sólo denuncia sin arte que permita abrir más los ojos; regresé a casa pateando piedritas en el camino.
Por la noche, continúe leyendo una novela autobiográfica (El rock de la cárcel) de José Agustín, escritor mexicano que conocí en el bachillerato cuando la profesora de literatura nos puso a leer La tumba, nunca me pareció muy buena, pero el lenguaje del escritor, por otras lecturas, me atraía por su desenfado y sus palabrotas; pues bien, todo eso, ahora me parece carente de magia; lo único atractivo del libro es el relato del encarcelamiento injusto del autor, durante siete meses, en la cárcel de Lecumberri; una vileza tal como lo es el encarcelamiento del sobrino de mi amigo O. en estos días.
Me aterro al pensar que nuestro sistema judicial sigue siendo tan despreciable como lo fue en la segunda mitad del siglo XX. Y hablo sólo de esta época, porque es de la cual tengo más información: el 68, el 71, presos políticos sin parar desde entonces; sin contar a los desparecidos del partido de la izquierda durante el régimen de Salinas y aún no sabemos qué pasó con los últimos que secuestraron del Ejército Popular Revolucionario y periodistas y más periodistas...
¿Qué está pasando en México? Décadas de corrupción y pobreza fueron la levadura de un pastel de pólvora al que ahora le prenden mecha narcotraficantes y políticos. Se pierden los límites entre unos y otros; pero todo es más complejo; ¿soluciones? ¿una revolución? ¿quiénes la harán y para qué la harán?
Recuerdo a Granados Chapa decir de alguien que era un revolucionario, pero no porque plantara bombas, sino porque plantaba ideas... O al recién fallecido Monsiváis escribiendo que nada ni nadie podía detener una idea a la que le había llegado su tiempo; ¿pero es el tiempo de una idea común que proporcione, al menos, esperanza de otro presente? ¿O sólo queda, como otras veces, apelar al fuero individual para equilibrar la situación? Preguntas que si no son ideas, siempre son el comienzo de las ideas; tal vez no encontramos las respuestas necesarias, las ideas necesarias, porque no nos hacemos las preguntas necesarias, ¿de quién era esto? No lo recuerdo. Voy a dormir.
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