viernes, 1 de octubre de 2010

Ágora de Alejandro Amenábar

¿Recuerdan Tesis o Mar adentro, Abre los ojos o The Others (Los otros)? Son obras del mismo director, Alejandro Amenábar, quien nació en Chile en 1972, pero desde muy pequeño y debido a la dictadura pinochetista viajó con su familia a España, en donde se estableció desde entonces. Su última película es Ágora y no es la mejor, pero no es tan mala.

Estamos en el siglo IV d. C. en Alejandría (Egipto), la famosa biblioteca de la ciudad es custodiada por un grupo religioso politeísta, cuyo personaje más interesante -y el de toda la película- es una mujer filósofa, Hipatia, astrónoma y matemática, con existencia histórica y cuya dedicación al pensamiento es resaltada en el filme.

La película nos lleva al nacimiento del cristianismo, que pasa de ser una religión de perseguidos a ser una religión de estado en el decadente imperio romano. Lo lamentable, según se muestra, es la manera en la que el fanatismo religioso y la lucha por el poder son de las peores mezclas posibles, algo así como vodka con tequila.

Adoradores de los viejos dioses, judíos y cristianos no pueden convivir en paz y es difícil determinar qué grupo es más sanguinario; lo cierto es que al final son los cristianos los crueles vencedores y sienten como una afrenta el libre pensamiento y la no-afiliación a sus ideas; más aún, si quien los encara es una mujer inteligente, esto ya es, para ellos, imperdonable.

En fin, barbarie e intolerancia y dan ganas de decir: ¡bendito sea el estado laico!; aunque uno no comulgue con las bendiciones.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Sebastian Knight por Vladimir Nabokov

Si soy sincero, Vladimir Nabokov (Rusia, 1899-Suiza, 1977) no me simpatizada por dos hechos: por haber dicho en su Curso de literatura rusa que Dostoyevsky era un pésimo novelista y por haberse nacionalizado estadounidense cuando mis primeras simpatías políticas y preparatorianas veían en la URSS el modelo de la vida futura.

Por supuesto, no dejaba de tomar en cuenta que era un crítico literario muy agudo, pues su interpretación de La metamorfosis de Kafka me parecía originalísima; por eso, aunque me caía mal, lo consideraba un tipo inteligente. En cuanto a mis simpatías políticas, muchas de éstas se derrumbaron como el muro de Berlín y mi visión utópica de la URSS estaba teñida de mucha ignorancia sobre el desarrollo del comunismo en esta nación.

Con todo, mis prejuicios no me dejaban acercarme a la labor de Nabokov como novelista y ahora que lo he hecho, he encontrado en La verdadera vida de Sebastián Knight una narración que, si bien me ha dejado apesadumbrado, porque el narrador es un tipo lleno de angustia y, en ocasiones, de desesperación; por otra parte, me he encontrado con un relato que no decae en interés a medida que avanza fluidamente, aunque a veces, a jalones y a trompicones.

Con ecos de Kafka, y hasta con ecos de Dostoyevsky (que me perdone Nabokov), se va hilando una historia en donde la trama consiste en descubrir todo sobre la vida del recientemente fallecido Sebastian Knight, escritor famoso y hermano de quien nos cuenta la historia, quien apenas se llama "V." -como si se tratara de un guiño a "K.", ese extraño personaje del Proceso de Kafka.

¿Pero descubrirlo todo, saberlo todo, contar todo sobre una vida? La problemática de esto se va mostrando poco a poco. La ansiedad del narrador no contribuye mucho a develar una vida que él creía conocer, porque somos complejos y con motivaciones tantas veces ocultas aun para nosotros mismos.

"V" lo intenta y fracasa en la reconstrucción de la verdadera vida de su hermano y, sin embargo, quizá ha descubierto más de lo que esperaba en ese laberinto en el que se ha metido y que lo ha llevado en su obsesión a Londres, Berlin y otros lugares, para regresar finalmente, una y otra vez, a París.

No todas sus pistas fueron falsas, pero al final no creo que "V" pueda decir que conocía más a Sebastian que aquel Mr. Goodman quien fuera secretario de su hermano durante sólo unos años y con el que mantiene una lucha feroz, por haber sido este Goodman el primero que escribiera una biografía sobre su hermano.

Sí, Goodman andaba errado, pero "V." queda muy confundido. Quizá el texto nos quiera dar a entender que todo biógrafo al final es un Good-man, un hombre de buenas intenciones, pero que siempre sale perdiendo si lo que se quiere contar es la verdadera vida de alguien; esa vida ya existió y ya tuvo su relato vívido, lo que quedan son interpretaciones.

Por otro lado, es interesante constatar que el tal "V" quizá no quiera escribir la vida de Sebastian, sino la vida del mismo Nabokov; pues Sebastian nació el mismo año que el escritor ruso-norteamericano y también tuvo que salir de Rusia por cuestiones políticas... No sé mucho de la vida de Nabokov, como no sé mucho de la vida de nadie, pero es posible que esté en juego un álter ego (como quien dice el otro yo) en este texto.

Aquí les dejo la recomendación para cualquiera que esté interesado en estas cuestiones: biografía, autobiografía... Ya creo yo que encontrarán en esta novela muchas ideas a partir de las cuales reflexionar al respecto. De paso, también les dejo unas citas del libro:

"Sebastian escapó de una tierra donde 'todo hombre era un esclavo o un matón. Puesto que el espíritu y cuanto le es afín estaba negado al hombre, la imposición del dolor corporal llegó a considerarse más que suficiente para gobernar la naturaleza humana... De cuando en cuando ocurría algo llamado revolución: los esclavos se hacían matones, y viceversa..."
"las cosas demasiado modernas tienen la curiosa virtud de envejecer mucho antes que las demás"

"Busca y encuentra algo que te guste, y entrégate a ello... hasta que te aburras"
"un cuento deliciosamente extraño que me hace pensar en un niño que ríe en sueños"

Vladimir Nabokov, La verdadera vida de Sebastian Knight, Barcelona, Anagrama, 1999, 226 pp.

martes, 14 de septiembre de 2010

Jacques Derrida por Jason Powell

Jacques Derrida. Una biografía, libro del académico inglés Jason Powell no es estrictamente una biografía, sino una introducción al complicado pensamiento del filósofo Jacques Derrida (Argelia 1930-Francia 2004). Y como se trata de una introducción, ya que conozco poco la obra textual de Derrida -a más de un par de textos que no sé si entendí bien- me es difícil juzgar , sobre todo en algunos aspectos, si el intérprete (Powell) es fiel a la filosofía del crítico francés.

Confío en que haya sido así, aunque eso de la fidelidad a una obra, con Derrida, parece ponerse en entredicho, pues estamos ante un filósofo, o pensador, o crítico literario, que se destaca, sobre todo, por haber invitado a partir de la llamada "deconstrucción" -que no es una escuela o sistema, sino una práctica textual o práctica de lectura- a repensar toda la tradición filósofica occidental, a la que el mismo Derrida llama "logocentrismo", ya que está basada en cierto sistema de pensamiento condicionado por hábitos de nuestro lenguaje y nuestra conciencia, sin haber comprendido, siquiera, si las palabras que usamos para pensar tienen una base sólida.

Espero estar explicándome. Derrida propone, criticando de entrada nuestra noción del lenguaje, o la que arranca con el suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913), que el significado de una palabra (o significante) no es una imagen mental, sino otro significante u otra palabra. Es decir, a la palabra "árbol", por ejemplificar, no corresponde sólo una imagen de un árbol; sino que la definimos siempre con otras palabras ("árbol: planta perenne, de tronco leñoso y elevado que se ramifica a cierta altura del suelo". Ésta es la primera definición para "árbol" que da la Real Academia), que a su vez sólo pueden ser entendidas por otras palabras ("planta: ser órganico que crece...", "perenne: continuo, incesante...", "tronco: tallo fuerte y macizo...", "leñoso: que tiene dureza y consistencia..."...) y así hasta el infinito. Y lo mismo ocurre para palabras como "ser" o "Dios" o lo que quieran.

De lo anterior, y estoy simplificando al extremo, Derrida propone que una palabra es siempre diferente a otra, claro está, y por eso las diferenciamos; sin embargo, su significado completo nos es inaccesible, pues cada palabra sólo tiene un significado diferido o postergado, por esa otra cadena de palabras que nos es inasible. O como lo expresa el mismo Powell: "Las palabras no significan, simplemente separan el Ser de la Nada y cada cosa de cualquier otra cosa". Por lo anterior, sólo tenemos "huellas" del significado, huellas que a pesar de todo hay que seguir; pues mal haríamos en dejar de pensar.

Esta reflexión sobre la palabra -a la que se llama différance (neologismo francés que significa diferencia y diferido) y que es un concepto clave en la obra de Derrida-, es sólo el punto de partida para analizar o "deconstruir" algunos textos clásicos de la filosofía o la literatura occidental, ya se trate de Platón o Rousseau; o simplemente, se trate de conceptos muy manoseados, pero poco entendidos, tales como "ley", "justicia", "perdón", "libertad"... La práctica de la deconstrucción consiste en repensar los conceptos que damos como válidos; esto es, hay una problematización de las palabras en las que se sostiene determinado texto. Y no sé si Derrida es revolucionario en la filosofía, lo que sí me parece, es que estamos ante un pensador original.

Derrida se halla muy cercano a la filosofía de los alemanes Edmund Husserl, Martin Heidegger y Friedrich Nietzsche; y quizá más a Heidegger que a ningún otro. Por otra parte, también destaca la obra de Freud en su pensamiento; pues hay quien sostiene que Derrida se encarga de hacerle un psicoanálisis a la filosofía occidental.

Una de las críticas que se hacen a Derrida es el hecho de que aún moviéndonos entre huellas o espectros del mundo, no se puede mantener una posición neutral en la filosofía o en un acercamiento a determinado texto, pues Derrida elige unos textos y no otros para "deconstruirlos" y unos pasajes y no otros... Aunque el mismo Derrida parece haber sabido esto y en su desarrollo intelectual pasó de una aparente neutralidad en su filosofía a una toma de posición en cuanto a la ética e incluso en la religión, aspectos también interesantes y no desdeñables en el conjunto de su producción.

Por último, y esto fue lo que me llevó a Derrida, éste influyó notablemente en la llamada Escuela de (la universidad) Yale, ese animado grupo de críticos literarios norteamericanos, abanderados de la deconstrucción, y que dieron mucho de qué hablar en su área específica, la literatura, a partir de la última etapa del siglo XX y hasta nuestros días. Me refiero a autores como Joseph Hillis Miller, Paul De Man y Harold Bloom, entre otros.

La obra de Powell, entonces, es muy recomendable si uno quiere ubicarse en el contexto histórico-filosófico en el que se desarrolla la obra derrideana y conocer las líneas generales de este pensamiento.

Jason Powell, Jacques Derrida. Una biografía, Valencia, Universitat de València, 2008, 282 páginas de texto + casi otras 20 páginas que incluyen índices y una bibliografía muy completa de los libros de (y sobre) Derrida publicados en francés, inglés y español.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Un pequeño partido de fútbol

Me he despertado este sábado con mucho dolor muscular, pues ayer en la tarde me fui a jugar fútbol con Pancho, amigo mío, pintor artístico y treintañero como yo, junto con mis sobrinas y sobrinos: Karen (11 años) Vanessa (11 años), Axel (12), Christian (9), Julián (7), Alan (9) y Kiara (5 añitos).

Pues bien, con todo este conjunto de jugadores profesionales formamos dos equipos de fútbol. Un adulto por cada equipo, una niña de 11 años y dos niños para cada equipo. Al final, quedó Kiarita, la más pequeña, a la que me "regalaron" para mi escuadra, diciendo, como se dice en México, que ella era de "chocolate", es decir, que su presencia era sólo un adorno. Lo que no fue tan cierto, porque la pequeña Kiara se estaba convirtiendo en mi delantera más peligrosa, hasta que Pancho le pegó, accidentalmente, con el balón en su pequeño rostro. ¡Ay, Kiara lloraba y prefirió no jugar más!, el resto del partido lo hubiera mirado sentada en la banca, si no fuera porque enseguida se durmió ahí mismo, a la orilla del campo de fútbol que está muy cerca de mi casa y del cual sólo utilizamos una pequeña parte. Pancho estaba apenado, pero siento que fue una inconsciente táctica malévola, pues al final mi poderoso conjunto integrado por Karen, Christian y Alan perdió el encuentro 5 goles a 3.

Fue un partido de fútbol alegre e intenso y al final la nueva generación superó a los treintañeros en todos los aspectos: en la técnica para controlar el balón y en el drible, en velocidad, pero sobre todo en resistencia física. Cuando los dos más grandes (fumadores enfermizos) ya no podíamos ni mover las piernas, las chiquitas y los chiquitos pasaban volando a nuestro lado. Yo fui una coladera en la portería; pero estábamos encima de ellos y parecía que los alcanzaríamos en un cierre vertiginoso, cuando en eso llegó el pinche policía del complejo deportivo -hay dos acepciones aquí-, cual alto comisionado de las altas instancias burocráticas de la liga intergeneracional y nos expulsó del campo, so pretexto de cerrarlo. Lo cierto es que ya estábamos en tiempos extras y ya hace un rato que había oscurecido en la capital en la que por fortuna no llovió; pero habrá revancha, luego les cuento.

Rimbaud el hijo por Pierre Michon

De repente, al tratar de compartir lo que significó para mí el descubrimiento de Pierre Michon (Francia, 1945) me quedo sin palabras. Lo intento: para mí ha sido un renacer a la emoción de sentir que las letras de alguien me tocan de una manera inusual, distinta a la acostumbrada. No se trata sólo de admiración o asombro, sino de otra cosa que se sigue manteniendo después de leer y releer Rimbaud el hijo.

Se trata de una mezcla de emociones que por el momento me sobrepasan y me invitan más al silencio que a la palabra; ¿pero qué otro objetivo podría tener una obra de arte, en este caso un libro hecho de letras, sino este silencio, este dejarnos sin palabras? ¿Qué más se podría sentir ante una obra, sino que ésta nos arrastra y nos coloca en un sitio distinto a lo cotidiano? Si se trata de un libro, la mudez; si de la pintura, que nos arranque todos los colores y las formas conocidas y nos dé las suyas.

Y tan grande ha sido la revelación, la estupefacción ante la prosa de Michon, que por un momento olvido que el libro aborda en su brevedad la furia y el genio del enorme poeta Arthur Rimbaud. Y que un estilo opaque por un momento a tremendo personaje no es cosa de todos los días; o mejor aún, que el personaje del libro y el estilo de narrar concuerden en rebeldía y que cada uno a su modo, narrador y personaje retratado, sean unos enfants terribles ("pequeños desmadrosos"), es para mí salir al campo abierto y sentir que me da el aire en el rostro después de haber pasado muchos días encerrado en un calefactor, digamos la línea verde del metro de la Ciudad de México.

Pierre Michon, Rimbaud el hijo, México, Aldus, 1997, 106 pp.

martes, 7 de septiembre de 2010

Infierno de Luis Estrada

Si cerca de las elecciones del año 2000 en México, La ley de Herodes de Luis Estrada (México, 1962) aún encontraba un público harto del priísmo; pero esperanzado en el "cambio" foxista, Infierno, diez años después, encuentra a un país en donde lo cómico, como pasa en la película, termina siendo espantosamente real.
De las payasadas y estupideces de Vicente Fox, pasamos a la irresponsabilidad y al lenguaje acartonado de Felipe Calderón; uno que despreció la oportunidad histórica y el otro que desprecia a la realidad, afirmando, con propaganda e impactos mediáticos que el problema del narcotráfico se está resolviendo. Sabemos que no es así e Infierno con un lenguaje directo está ahí para que lo recordemos.
El filme es largo (145 m), y cansa, pero porque la mayor sorpresa con la que nos enfrentamos es la realidad; realidad que ha terminado por fastidiarnos con su injusticia y su corrupción; aunque, no obstante, es probable que esta sociedad, harta de todo esto, vuelva a su etapa priísta y probablemente, espero con sinceridad que no, el fijador de cabello de Peña Nieto deslumbre el monitor de los incautos durante el próximo sexenio; y todo porque no hemos sabido organizarnos como sociedad para acabar con nuestros grandes males. ¿Nos lo merecemos? Yo diría que no; pero la democracia aun siendo el mejor camino también tiene estos escollos que no hemos sabido cruzar de la mejor manera.
Muy recomendable película, con un guiño a los absurdos de los excesivos festejos bicentenarios, en donde las actuaciones, con Damían Alcázar en el papel principal y rodeado por una memorable plantilla, son estupendas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Cormac McCarthy

Este domingo volví a mirar la película No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007) de los hermanos Coen. Un filme violentísimo en donde Javier Bardem encarna al psicópata "perfecto", por su falta de escrúpulos, su amoralidad y su férrea supervivencia de mala hierba. Esta historia del llamado film noir o cine negro -por su temática, su tipo de humor y sus efectos visuales-, aunque no es mala, no alcanza las cumbres de esa terrible y hermosa película llamada Fargo de los mismos directores; pero no es sobre los Coen sobre los que quiero tratar ahora, sino sobre el autor del libro, del mismo título, en el que está basada No Country for Old Men: Cormac McCarthy.

Cormac McCarthy (EUA, 1933), al cual he podido acercarme por sus novelas Meridiano de sangre y La carretera es un escritor peculiar, del cual uno no sabe bien de dónde vino y para dónde va en sus historias; pues su mundo literario está marcado por la violencia, la crueldad y -he aquí su singularidad-, a pesar de todo, por la poesía. Una poética del horror es la suya, pues los espacios desérticos de sus relatos, ya sean literalmente en el desierto de Sonora en Meridiano de sangre o el desierto sin humanos y apocalíptico de La carretera, contrastan con la belleza en la narración de los paisajes; no importa que se trate de lugares inhóspitos, en donde abundan los apaches o los caza-apaches que asesinan y cortan orejas o cueros cabelludos por igual; tampoco importa si los caníbales, últimos humanos habitantes del mundo nos persiguen, siempre hay algo hermoso que mirar en el ancho mundo. Por lo mismo, hay algo que no cuadra, es como si al leer estos textos, el narrador me dijera: "los seres humanos son una mierda; pero la tierra en toda su extensión es inefable y yo me acerco a buscar un poco de belleza para hablar de ella, aunque la belleza que yo cuento sea la última belleza antes de la oscuridad final".

Hay un tono de versión de los últimos días en estos espacios ficticios en donde los personajes viven en el límite de su supervivencia, más allá de la llamada civilización -así se solía llamar alguna vez al conjunto de los animales gregarios que forman ciudades. Pero en realidad es ésto, la humanidad es sólo un cuento del pasado y nada parece detener a los (a pesar de todo) seres humanos que son bestias que giran, como animales de rapiña, alrededor de dos o tres personajes que se niegan a abandonarse para siempre en la inconsciencia y el abismo de estos mundos que están al borde de la desaparición definitiva.

No obstante, siempre brilla una luz y un futuro, por ejemplo, en el niño de La carretera que aún cree en la bondad; pero no siempre es una luz que ilumina, pues el conocimiento, si ha de sobrevivir, puede que lo haga en la mente criminal de ese malnacido albino, conocedor de astronomía y botánica, que es el juez Glanton en Meridiano de sangre. Lo que no deja de ser significativo, que se trate de un juez, y ya creo yo que valdría analizar cada una de estas novelas por separado; lo haré en otro momento, baste esto como introducción y recomendación de estas novelas -claro, no siempre aptas en períodos de desconsuelo o desesperanza; o, al contrario, quizá sirvan para recuperar el consuelo y la esperanza dentro de la violencia del mundo moderno; no lo sé, cada quien, si le interesa, vaya y explore, goce o sufra, y mire: lea.