Este domingo volví a mirar la película No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007) de los hermanos Coen. Un filme violentísimo en donde Javier Bardem encarna al psicópata "perfecto", por su falta de escrúpulos, su amoralidad y su férrea supervivencia de mala hierba. Esta historia del llamado film noir o cine negro -por su temática, su tipo de humor y sus efectos visuales-, aunque no es mala, no alcanza las cumbres de esa terrible y hermosa película llamada Fargo de los mismos directores; pero no es sobre los Coen sobre los que quiero tratar ahora, sino sobre el autor del libro, del mismo título, en el que está basada No Country for Old Men: Cormac McCarthy.
Cormac McCarthy (EUA, 1933), al cual he podido acercarme por sus novelas Meridiano de sangre y La carretera es un escritor peculiar, del cual uno no sabe bien de dónde vino y para dónde va en sus historias; pues su mundo literario está marcado por la violencia, la crueldad y -he aquí su singularidad-, a pesar de todo, por la poesía. Una poética del horror es la suya, pues los espacios desérticos de sus relatos, ya sean literalmente en el desierto de Sonora en Meridiano de sangre o el desierto sin humanos y apocalíptico de La carretera, contrastan con la belleza en la narración de los paisajes; no importa que se trate de lugares inhóspitos, en donde abundan los apaches o los caza-apaches que asesinan y cortan orejas o cueros cabelludos por igual; tampoco importa si los caníbales, últimos humanos habitantes del mundo nos persiguen, siempre hay algo hermoso que mirar en el ancho mundo. Por lo mismo, hay algo que no cuadra, es como si al leer estos textos, el narrador me dijera: "los seres humanos son una mierda; pero la tierra en toda su extensión es inefable y yo me acerco a buscar un poco de belleza para hablar de ella, aunque la belleza que yo cuento sea la última belleza antes de la oscuridad final".
Hay un tono de versión de los últimos días en estos espacios ficticios en donde los personajes viven en el límite de su supervivencia, más allá de la llamada civilización -así se solía llamar alguna vez al conjunto de los animales gregarios que forman ciudades. Pero en realidad es ésto, la humanidad es sólo un cuento del pasado y nada parece detener a los (a pesar de todo) seres humanos que son bestias que giran, como animales de rapiña, alrededor de dos o tres personajes que se niegan a abandonarse para siempre en la inconsciencia y el abismo de estos mundos que están al borde de la desaparición definitiva.
No obstante, siempre brilla una luz y un futuro, por ejemplo, en el niño de La carretera que aún cree en la bondad; pero no siempre es una luz que ilumina, pues el conocimiento, si ha de sobrevivir, puede que lo haga en la mente criminal de ese malnacido albino, conocedor de astronomía y botánica, que es el juez Glanton en Meridiano de sangre. Lo que no deja de ser significativo, que se trate de un juez, y ya creo yo que valdría analizar cada una de estas novelas por separado; lo haré en otro momento, baste esto como introducción y recomendación de estas novelas -claro, no siempre aptas en períodos de desconsuelo o desesperanza; o, al contrario, quizá sirvan para recuperar el consuelo y la esperanza dentro de la violencia del mundo moderno; no lo sé, cada quien, si le interesa, vaya y explore, goce o sufra, y mire: lea.
Cormac McCarthy (EUA, 1933), al cual he podido acercarme por sus novelas Meridiano de sangre y La carretera es un escritor peculiar, del cual uno no sabe bien de dónde vino y para dónde va en sus historias; pues su mundo literario está marcado por la violencia, la crueldad y -he aquí su singularidad-, a pesar de todo, por la poesía. Una poética del horror es la suya, pues los espacios desérticos de sus relatos, ya sean literalmente en el desierto de Sonora en Meridiano de sangre o el desierto sin humanos y apocalíptico de La carretera, contrastan con la belleza en la narración de los paisajes; no importa que se trate de lugares inhóspitos, en donde abundan los apaches o los caza-apaches que asesinan y cortan orejas o cueros cabelludos por igual; tampoco importa si los caníbales, últimos humanos habitantes del mundo nos persiguen, siempre hay algo hermoso que mirar en el ancho mundo. Por lo mismo, hay algo que no cuadra, es como si al leer estos textos, el narrador me dijera: "los seres humanos son una mierda; pero la tierra en toda su extensión es inefable y yo me acerco a buscar un poco de belleza para hablar de ella, aunque la belleza que yo cuento sea la última belleza antes de la oscuridad final".
Hay un tono de versión de los últimos días en estos espacios ficticios en donde los personajes viven en el límite de su supervivencia, más allá de la llamada civilización -así se solía llamar alguna vez al conjunto de los animales gregarios que forman ciudades. Pero en realidad es ésto, la humanidad es sólo un cuento del pasado y nada parece detener a los (a pesar de todo) seres humanos que son bestias que giran, como animales de rapiña, alrededor de dos o tres personajes que se niegan a abandonarse para siempre en la inconsciencia y el abismo de estos mundos que están al borde de la desaparición definitiva.
No obstante, siempre brilla una luz y un futuro, por ejemplo, en el niño de La carretera que aún cree en la bondad; pero no siempre es una luz que ilumina, pues el conocimiento, si ha de sobrevivir, puede que lo haga en la mente criminal de ese malnacido albino, conocedor de astronomía y botánica, que es el juez Glanton en Meridiano de sangre. Lo que no deja de ser significativo, que se trate de un juez, y ya creo yo que valdría analizar cada una de estas novelas por separado; lo haré en otro momento, baste esto como introducción y recomendación de estas novelas -claro, no siempre aptas en períodos de desconsuelo o desesperanza; o, al contrario, quizá sirvan para recuperar el consuelo y la esperanza dentro de la violencia del mundo moderno; no lo sé, cada quien, si le interesa, vaya y explore, goce o sufra, y mire: lea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario