De repente, al tratar de compartir lo que significó para mí el descubrimiento de Pierre Michon (Francia, 1945) me quedo sin palabras. Lo intento: para mí ha sido un renacer a la emoción de sentir que las letras de alguien me tocan de una manera inusual, distinta a la acostumbrada. No se trata sólo de admiración o asombro, sino de otra cosa que se sigue manteniendo después de leer y releer Rimbaud el hijo.
Se trata de una mezcla de emociones que por el momento me sobrepasan y me invitan más al silencio que a la palabra; ¿pero qué otro objetivo podría tener una obra de arte, en este caso un libro hecho de letras, sino este silencio, este dejarnos sin palabras? ¿Qué más se podría sentir ante una obra, sino que ésta nos arrastra y nos coloca en un sitio distinto a lo cotidiano? Si se trata de un libro, la mudez; si de la pintura, que nos arranque todos los colores y las formas conocidas y nos dé las suyas.
Y tan grande ha sido la revelación, la estupefacción ante la prosa de Michon, que por un momento olvido que el libro aborda en su brevedad la furia y el genio del enorme poeta Arthur Rimbaud. Y que un estilo opaque por un momento a tremendo personaje no es cosa de todos los días; o mejor aún, que el personaje del libro y el estilo de narrar concuerden en rebeldía y que cada uno a su modo, narrador y personaje retratado, sean unos enfants terribles ("pequeños desmadrosos"), es para mí salir al campo abierto y sentir que me da el aire en el rostro después de haber pasado muchos días encerrado en un calefactor, digamos la línea verde del metro de la Ciudad de México.
Pierre Michon, Rimbaud el hijo, México, Aldus, 1997, 106 pp.
Se trata de una mezcla de emociones que por el momento me sobrepasan y me invitan más al silencio que a la palabra; ¿pero qué otro objetivo podría tener una obra de arte, en este caso un libro hecho de letras, sino este silencio, este dejarnos sin palabras? ¿Qué más se podría sentir ante una obra, sino que ésta nos arrastra y nos coloca en un sitio distinto a lo cotidiano? Si se trata de un libro, la mudez; si de la pintura, que nos arranque todos los colores y las formas conocidas y nos dé las suyas.
Y tan grande ha sido la revelación, la estupefacción ante la prosa de Michon, que por un momento olvido que el libro aborda en su brevedad la furia y el genio del enorme poeta Arthur Rimbaud. Y que un estilo opaque por un momento a tremendo personaje no es cosa de todos los días; o mejor aún, que el personaje del libro y el estilo de narrar concuerden en rebeldía y que cada uno a su modo, narrador y personaje retratado, sean unos enfants terribles ("pequeños desmadrosos"), es para mí salir al campo abierto y sentir que me da el aire en el rostro después de haber pasado muchos días encerrado en un calefactor, digamos la línea verde del metro de la Ciudad de México.
Pierre Michon, Rimbaud el hijo, México, Aldus, 1997, 106 pp.
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