viernes, 27 de agosto de 2010

La habitación cerrada de Paul Auster

Mi primer encuentro con la obra de Paul Auster (EUA, 1947) ocurrió hace algunos años. En aquella ocasión elegí al azar su novela Leviatán para un viaje que hice a Michoacán. Fue una experiencia peculiar, pues la región agrícola de este estado sureño contrastaba fuertemente con la novela políciaca y urbana que tenía ante mis ojos. Me interesé mucho por el suspenso de la historia durante algunos ratos y después el relato decayó hasta pasar a la lista de los libros que no recordaba con gran satisfacción. Decidí que no volvería a leer a este autor. Sin embargo, la popularidad de la que goza Paul Auster en el mundo anglosajón y aún en el hispano (Premio Príncipe de Asturias 2006) me hizo pensar que quizá no estaba siendo justo con sus textos y que a la primera oportunidad la emprendería con otra de sus novelas, quizá con más suerte. Y por azar, nuevamente -y qué mejor que haya sido así, pues el azar es un Leitmotiv o motivo principal en estos relatos-, por cuestiones académicas me ví otra vez con una novela de Auster en las manos.

La habitación cerrada (1986), novela final que se incluye dentro de La trilogía de Nueva York me dejó otra vez en la vacilación respecto a Paul Auster; pues virtudes y defectos parecen vincularse estrechamente en su escritura. Se trata de una historia que avanza alrededor de un personaje loco y misterioso que de pronto decide hacerse el muerto quién sabe por qué razones y une a una pareja -su esposa y su amigo- de manera inesperada. Yo encuentro en esta obra fragmentos inverosímiles e incluso cursis; pero también buen romanticismo -me refiero a nuestra manera contemporánea de considerar esto: el encuentro gradual de dos seres que se acercan erótica y emocionalmente-, y placer. Placer en el ritmo y la tensión de la primera parte del libro, lo cual me hizo recordar que leer es el asombro de saberse uno mismo recorriendo la sangre de otro cuerpo. Y no hablo del escritor, sino de ese otro ser (o esos otros seres) ficticio(s) que nos sumerge(n) en mundos insospechados en donde los suspiros y los escalofríos reinventan la plenitud de esa soledad (sin serlo) que es la lectura. La novela, además, es una reflexión sobre las posibilidades e imposibilidades de la escritura y de la vida. Esto en cuanto a los méritos.

Por otra parte, la presencia de esa sombra que al principio unió al innombrado narrador de la novela -su viejo amigo- con su destino y que ha creado para este mismo un mundo claustrofóbico e insoportable, deja de ser interesante y se convierte ya en algo sin sentido y grotesco, al menos para mí. Hay aún páginas estupendas y exploraciones sobre los caminos del odio, tan incomprensibles -en medio de la pasión- como los veriecuetos del amor; pero la novela se cae y llega un momento en donde el suspenso ya no recupera esa intensidad que había logrado con mucha eficacia al principio de la novela. En síntesis, gocé y por momentos soporté esta historia. No sé, por esto mismo, si después me animaré a leer los otras dos novelas de esta trilogía.

Paul Auster, La trilogía de Nueva York, Anagrama, 2010, 335 pp.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mallarmé

"Queda claro que cualquier infinito, como Dios o la eternidad, hubiera tenido el mismo efecto que la nada".

Esteban Tollichi hablando sobre la crisis religiosa de Mallarmé, en Los trabajos de la belleza modernista, 1848-1945..., EUA, Universidad de Puerto Rico (UPR), 2004, p. 212.

"Todo, en el mundo, existe para llevar a cabo un libro". Palabras de Mallarmé. Ídem.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Desvelo y alucinación

Despertarte a las 4 de la mañana con dolor de estómago no es grato si ya no puedes volver a dormir. En cambio, lo bueno de madrugar es que puedes asomarte a la calle y disfrutar de una ciudad poco común, una ciudad silenciosa frente a la cual puedes imaginar que aún se puede vivir en el Distrito Federal. Y si tienes paciencia y ganas de contemplación, puedes esperar algunas horas y ver cómo, poco a poco, se va pintando de colores el cielo; ya entonces, también puedes imaginar que aún es posible vivir en este planeta; aunque después, la realidad sea como un portazo en la cara: hay que esperar el camión que pasa cada quince minutos totalmente lleno, y esperar que en alguno haya un espacio en donde acomodarse; viajar en el límite de la puerta y el viento; con suerte te subes, por fin, y ahora te repliegas para leer y te cuidas de no golpear al vecino; autos y autos, avenidas y calles, transéuntes, ruidos... Después, tu metro barato y pausado: anunciantes de bolígrafos, limpiazapatos, niñas con acordeón, volantes..., ensimismado como los demás hasta que llega la música con el alto volumen; pero has llegado a las inmediaciones de la Universidad y ahora te puedes integrar a la próxima corriente de personas y dejarte ir. Todo bien: clases, discusiones, lecturas, teorías; hasta que tu cuerpo ya no sabe la hora del día ni el momento en el que comenzó todo, tus ojos empiezan a mirarte hacia dentro y tu piel comienza a pertenecerle a los árboles, a las banquetas, al asfalto, incluso a una de esas ardillas pardas que trepan los árboles de la Ciudad Universitaria; como sea, el cansancio, después de varias horas de clases, tiene su propia manera de hacerse presente y los párpados empiezan a colgar en tus rodillas y tus manos comienzan a pensar como si fueran tus pies; mientras que los espacios son ya espejos retrovisores empañados que te dicen en inglés que los objetos están más cerca de lo que miras; pero tú no comprendes nada, ya vas camino a casa y aunque te golpeas con cualquier objeto, y de repente, cuando tu pelo mojado derrama gotas sobre tu corazón, te das cuenta de que llueve; pero ya no importa, ya sueñas con ciudades tranquilas y cielos de colores aunque aún no hayas llegado a tu cama.

domingo, 15 de agosto de 2010

"El listón blanco" ("Das weisse Band") de Michael Haneke

Brutalidad, autoritarismo, machismo y otros ísmos despreciables en un pequeño y patriarcal pueblo alemán antes de la Primera Guerra Mundial; esto es lo que nos comparte Michael Haneke (Austria, 1942) en esta terrorífica película filmada en blanco y negro -lo que hace más opresiva la historia- y que explora el germen de ese fascismo que tendrá su momento más aberrante durante el nazismo alemán. Y quizá lo más interesante de la película sea esta relación entre los humanos y el poder. ¿Cómo es posible que haya ocurrido algo tan criminal como el nazismo en la historia reciente de la humanidad? Esta película invita a explorar algunas respuestas hurgando en las entrañas de un sistema político, que tanto como cualquier otro sistema político, sólo es un reflejo de la mentalidad de los habitantes que eligen tal o cual gobierno. En este caso, las figuras tradicionales que representan la autoridad -el terrateniente, el pastor y el médico-, educan en la violencia y la represión a los suyos. Otra figura tradicional de autoridad, el maestro, es cuestionado en su profesión y en su ética en todo momento; aunque es este último el que con una voz cansada, en off, nos cuenta la historia que veremos.
El filme tiene un ritmo cansino en la resolución de su problemática y deja algunos cabos sueltos; sin embargo, vale la pena echarle un vistazo a esta angustiante película; no porque sea angustiante, sino para entender mejor la angustia que produce la crueldad humana; ¿para qué? para comprender mejor nuestra propia sociedad. En el caso de México, si tenemos un gobierno conservador y que sólo apuesta por la "mano dura", es porque en nuestra sociedad abundan estas mismas mentalidades conservadoras y que apuestan a la represión, al punto de llevar a uno de los suyos al poder.

jueves, 5 de agosto de 2010

Rembrandt


Siempre lo expresó Rembrandt: cada uno brilla con luz propia;
algunos más curiosos,
otros indiferentes o sólo atentos a sí mismos;
orgullosos del conocimiento o atónitos frente a la muerte:
somos partícipes de la misma escena.

La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp (1632)





miércoles, 4 de agosto de 2010

Origen (Inception) de Christopher Nolan

¿Qué son los sueños? Al menos esta película me ha llevado a reflexionar nuevamente sobre el tema: ¿son el subconsciente, deseos no cumplidos o sólo el residuo de la actividad cerebral que por la noche se mezcla indiscriminadamente? ¿Son la constancia de que nosotros mismos -no olvidemos a Shakespeare y a Calderón- somos el sueño de alguien más? No lo sé, pero resulta fascinante explorar el tema; por esto mismo, a más de quedarme con las ganas en la creación de espacios oníricos más originales y fantasiosos durante el filme, no puedo decir que no vi una película interesante, al menos durante una hora y media de las dos y media que dura la cinta.
Di Caprio (ese niño con bigote) y su equipo entran en la mente (en los sueños) de un hombre dispuestos a inseminarle una idea que cambie su vida. Esta motivación que dirige la historia no me convence; pero hay otro relato en el fondo, más inquietante, una historia de amor y culpa que me lleva a enlazar esta película con la hipermelancólica Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos) del más creativo Michel Gondry.
Al final, uno sale del cine con una profunda sensación de irrealidad, y esto me parece bien, pues hemos entrado al pacto ficcional con uno de los tantos otros mundos posibles que nos ofrecen las historias.

lunes, 2 de agosto de 2010

Amphitryon de Ignacio Padilla

Novela de suspenso en donde los personajes -jugadores y al mismo tiempo piezas de un inmenso tablero de ajedrez- desembrollan desde sus escaques sus motivaciones y remordimientos. La visión de las acciones o de las partidas del mundo, pareciera decirnos el relato, siempre es sesgada. Vemos sólo una parte de la realidad y necesitamos de los demás para poder mirar más; pero acercarse a los otros en esta novela, conlleva el riesgo de no saber si los otros personajes buscan el jaque mate junto a uno, o sólo intentan derribar cuantas piezas puedan -incluido uno mismo-, porque cualquier objetivo en común es suspicaz. El bien y el mal -sean lo que sean- no son tan claros como los dos colores del tablero. El bien y el mal son difusos, por eso el tablero sirve como fondo lúcido para tejer complejidades.

Amphytrion es una novela inteligente, precisa en su lenguaje y en su trama, ágil en su desarrollo. Narrada en cuatro capítulos en donde cuatro personajes se preguntan sobre sus nombres y sobre los hombres, es decir, sobre el género humano con sus orfandades y esperanzas. Estamos al inicio de la Primera Guerra Mundial y no se ha asimilado su dureza cuando ya entramos en los cataclismos de la Segunda Guerra: Berlín, Viena, Austria, Ucrania y a lo lejos, con el paso del tiempo, voces desde Londres y Buenos Aires evaluando el pasado. El imperio Austro-húngaro y su derrumbe, el nazismo y su locura; pero al final la conciencia de cada individuo y su propia identidad.

¿Pero qué es la identidad? ¿Es libertad, es un destino? Al menos aquí los personajes parecen piezas movidas al azar por un desconocido; se suplantan identidades y la partida está abierta. La novela por momentos es enredada, pero porque Borges ha prestado el tablero; Dostoyevsky, por otra parte, presta una de sus mejores piezas -Ivan el nihilista- de Los hermanos Karamazov, para suplantar a su hermano Alexei o Alioscha, seminarista desencantado, en la partida. Suplantación de identidades y búsqueda de la verdad tanto para el lector como para los personajes.

Ignacio Padilla (México, 1968) ha escrito un buen libro. Muy afiliado en su temática -desentrañar las raíces del mal- y en su espacio -la Europa caótica de la primera mitad del siglo XX- al de su contemporáneo Jorge Volpi en su libro En busca de Klingsor. Por mi parte, si ha sido grande el placer de sumergirme en ambos mundos, y aunque los recomiendo mucho, en ambos narradores extraño, no la inteligencia, el oficio y el talento, que en los dos los hay a caudales, sino algo de equilibrio entre intelecto y pasión; quiero decir, ambos son libros para explorar los laberintos de la razón, no los otros laberintos, los de nuestras emociones.

Ignacio Padilla, Amphitryon, Espasa, 2000, 219 pp.

domingo, 1 de agosto de 2010

El Maradona de Emir Kusturica

Emir Kusturica, director serbio, realizador de Gato negro, gato blanco y Underground, entre otras afamadas películas, filmó en 2008 un documental sobre el futbolista argentino, del cual se confiesa amigo y admirador.

Es la de Kusturica una mirada amable, pero no condescendiente, que nos muestra a un Maradona sencillo y a otro ególatra, a uno alegre, riendo a carcajadas, y a otro tristísimo; nos muestra que Maradona era un genio del balompié -un Dios para algunas idolatrías modernas que erigen ritos e iglesia alabando su figura-; pero las escenas futbolísticas -que no abarcan la mayor parte de la película- sobre esas canchas en donde Maradona era el niño más feliz del mundo, contrastan con la caída del ángel a la tierra cotidiana, a la tierra de todos los días donde no puede, con nostalgia, recuperar el paraíso.

Un Maradona malhablado y bravucón, pero también uno sincero que confiesa en su mirada no entender de qué va la vida fuera del rectángulo verde. Movilizador de multitudes en Argentina o en Nápoles, Kusturica sentencia: "Si no hubiera sido futbolista hubiera sido un revolucionario"; porque Maradona está enamorado de Fidel Castro y junto a Evo Morales y Hugo Chávez en Mar del Plata promueve el anti-imperialismo; Kusturica insiste: God save the queen de los Sex pistols suena recurrentemente y el astro extraído de la pobreza desafía al sistema político-económico internacional sobre la cancha.

En fin, el polémico Maradona, triunfador y héroe moderno arrastrado por la cocaína al infierno de la soledad, es mostrado como el rebelde del fútbol exiliado en la tierra de las complejidades humanas. No se acaban las preguntas: ¿quién es este pibe que maravilló a los aficionados al fútbol y al mismo tiempo decepcionó a los dioses de la sensatez? ¿Es triste su destino o es la tristeza lo que promueve una religión? ¿Por qué no siempre te quedaste en la cancha de fútbol, Maradona?