Mi primer encuentro con la obra de Paul Auster (EUA, 1947) ocurrió hace algunos años. En aquella ocasión elegí al azar su novela Leviatán para un viaje que hice a Michoacán. Fue una experiencia peculiar, pues la región agrícola de este estado sureño contrastaba fuertemente con la novela políciaca y urbana que tenía ante mis ojos. Me interesé mucho por el suspenso de la historia durante algunos ratos y después el relato decayó hasta pasar a la lista de los libros que no recordaba con gran satisfacción. Decidí que no volvería a leer a este autor. Sin embargo, la popularidad de la que goza Paul Auster en el mundo anglosajón y aún en el hispano (Premio Príncipe de Asturias 2006) me hizo pensar que quizá no estaba siendo justo con sus textos y que a la primera oportunidad la emprendería con otra de sus novelas, quizá con más suerte. Y por azar, nuevamente -y qué mejor que haya sido así, pues el azar es un Leitmotiv o motivo principal en estos relatos-, por cuestiones académicas me ví otra vez con una novela de Auster en las manos.
La habitación cerrada (1986), novela final que se incluye dentro de La trilogía de Nueva York me dejó otra vez en la vacilación respecto a Paul Auster; pues virtudes y defectos parecen vincularse estrechamente en su escritura. Se trata de una historia que avanza alrededor de un personaje loco y misterioso que de pronto decide hacerse el muerto quién sabe por qué razones y une a una pareja -su esposa y su amigo- de manera inesperada. Yo encuentro en esta obra fragmentos inverosímiles e incluso cursis; pero también buen romanticismo -me refiero a nuestra manera contemporánea de considerar esto: el encuentro gradual de dos seres que se acercan erótica y emocionalmente-, y placer. Placer en el ritmo y la tensión de la primera parte del libro, lo cual me hizo recordar que leer es el asombro de saberse uno mismo recorriendo la sangre de otro cuerpo. Y no hablo del escritor, sino de ese otro ser (o esos otros seres) ficticio(s) que nos sumerge(n) en mundos insospechados en donde los suspiros y los escalofríos reinventan la plenitud de esa soledad (sin serlo) que es la lectura. La novela, además, es una reflexión sobre las posibilidades e imposibilidades de la escritura y de la vida. Esto en cuanto a los méritos.
Por otra parte, la presencia de esa sombra que al principio unió al innombrado narrador de la novela -su viejo amigo- con su destino y que ha creado para este mismo un mundo claustrofóbico e insoportable, deja de ser interesante y se convierte ya en algo sin sentido y grotesco, al menos para mí. Hay aún páginas estupendas y exploraciones sobre los caminos del odio, tan incomprensibles -en medio de la pasión- como los veriecuetos del amor; pero la novela se cae y llega un momento en donde el suspenso ya no recupera esa intensidad que había logrado con mucha eficacia al principio de la novela. En síntesis, gocé y por momentos soporté esta historia. No sé, por esto mismo, si después me animaré a leer los otras dos novelas de esta trilogía.
Paul Auster, La trilogía de Nueva York, Anagrama, 2010, 335 pp.
La habitación cerrada (1986), novela final que se incluye dentro de La trilogía de Nueva York me dejó otra vez en la vacilación respecto a Paul Auster; pues virtudes y defectos parecen vincularse estrechamente en su escritura. Se trata de una historia que avanza alrededor de un personaje loco y misterioso que de pronto decide hacerse el muerto quién sabe por qué razones y une a una pareja -su esposa y su amigo- de manera inesperada. Yo encuentro en esta obra fragmentos inverosímiles e incluso cursis; pero también buen romanticismo -me refiero a nuestra manera contemporánea de considerar esto: el encuentro gradual de dos seres que se acercan erótica y emocionalmente-, y placer. Placer en el ritmo y la tensión de la primera parte del libro, lo cual me hizo recordar que leer es el asombro de saberse uno mismo recorriendo la sangre de otro cuerpo. Y no hablo del escritor, sino de ese otro ser (o esos otros seres) ficticio(s) que nos sumerge(n) en mundos insospechados en donde los suspiros y los escalofríos reinventan la plenitud de esa soledad (sin serlo) que es la lectura. La novela, además, es una reflexión sobre las posibilidades e imposibilidades de la escritura y de la vida. Esto en cuanto a los méritos.
Por otra parte, la presencia de esa sombra que al principio unió al innombrado narrador de la novela -su viejo amigo- con su destino y que ha creado para este mismo un mundo claustrofóbico e insoportable, deja de ser interesante y se convierte ya en algo sin sentido y grotesco, al menos para mí. Hay aún páginas estupendas y exploraciones sobre los caminos del odio, tan incomprensibles -en medio de la pasión- como los veriecuetos del amor; pero la novela se cae y llega un momento en donde el suspenso ya no recupera esa intensidad que había logrado con mucha eficacia al principio de la novela. En síntesis, gocé y por momentos soporté esta historia. No sé, por esto mismo, si después me animaré a leer los otras dos novelas de esta trilogía.
Paul Auster, La trilogía de Nueva York, Anagrama, 2010, 335 pp.
