lunes, 2 de agosto de 2010

Amphitryon de Ignacio Padilla

Novela de suspenso en donde los personajes -jugadores y al mismo tiempo piezas de un inmenso tablero de ajedrez- desembrollan desde sus escaques sus motivaciones y remordimientos. La visión de las acciones o de las partidas del mundo, pareciera decirnos el relato, siempre es sesgada. Vemos sólo una parte de la realidad y necesitamos de los demás para poder mirar más; pero acercarse a los otros en esta novela, conlleva el riesgo de no saber si los otros personajes buscan el jaque mate junto a uno, o sólo intentan derribar cuantas piezas puedan -incluido uno mismo-, porque cualquier objetivo en común es suspicaz. El bien y el mal -sean lo que sean- no son tan claros como los dos colores del tablero. El bien y el mal son difusos, por eso el tablero sirve como fondo lúcido para tejer complejidades.

Amphytrion es una novela inteligente, precisa en su lenguaje y en su trama, ágil en su desarrollo. Narrada en cuatro capítulos en donde cuatro personajes se preguntan sobre sus nombres y sobre los hombres, es decir, sobre el género humano con sus orfandades y esperanzas. Estamos al inicio de la Primera Guerra Mundial y no se ha asimilado su dureza cuando ya entramos en los cataclismos de la Segunda Guerra: Berlín, Viena, Austria, Ucrania y a lo lejos, con el paso del tiempo, voces desde Londres y Buenos Aires evaluando el pasado. El imperio Austro-húngaro y su derrumbe, el nazismo y su locura; pero al final la conciencia de cada individuo y su propia identidad.

¿Pero qué es la identidad? ¿Es libertad, es un destino? Al menos aquí los personajes parecen piezas movidas al azar por un desconocido; se suplantan identidades y la partida está abierta. La novela por momentos es enredada, pero porque Borges ha prestado el tablero; Dostoyevsky, por otra parte, presta una de sus mejores piezas -Ivan el nihilista- de Los hermanos Karamazov, para suplantar a su hermano Alexei o Alioscha, seminarista desencantado, en la partida. Suplantación de identidades y búsqueda de la verdad tanto para el lector como para los personajes.

Ignacio Padilla (México, 1968) ha escrito un buen libro. Muy afiliado en su temática -desentrañar las raíces del mal- y en su espacio -la Europa caótica de la primera mitad del siglo XX- al de su contemporáneo Jorge Volpi en su libro En busca de Klingsor. Por mi parte, si ha sido grande el placer de sumergirme en ambos mundos, y aunque los recomiendo mucho, en ambos narradores extraño, no la inteligencia, el oficio y el talento, que en los dos los hay a caudales, sino algo de equilibrio entre intelecto y pasión; quiero decir, ambos son libros para explorar los laberintos de la razón, no los otros laberintos, los de nuestras emociones.

Ignacio Padilla, Amphitryon, Espasa, 2000, 219 pp.

No hay comentarios:

Publicar un comentario