Novela de suspenso en donde los personajes -jugadores y al mismo tiempo piezas de un inmenso tablero de ajedrez- desembrollan desde sus escaques sus motivaciones y remordimientos. La visión de las acciones o de las partidas del mundo, pareciera decirnos el relato, siempre es sesgada. Vemos sólo una parte de la realidad y necesitamos de los demás para poder mirar más; pero acercarse a los otros en esta novela, conlleva el riesgo de no saber si los otros personajes buscan el jaque mate junto a uno, o sólo intentan derribar cuantas piezas puedan -incluido uno mismo-, porque cualquier objetivo en común es suspicaz. El bien y el mal -sean lo que sean- no son tan claros como los dos colores del tablero. El bien y el mal son difusos, por eso el tablero sirve como fondo lúcido para tejer complejidades.
Amphytrion es una novela inteligente, precisa en su lenguaje y en su trama, ágil en su desarrollo. Narrada en cuatro capítulos en donde cuatro personajes se preguntan sobre sus nombres y sobre los hombres, es decir, sobre el género humano con sus orfandades y esperanzas. Estamos al inicio de la Primera Guerra Mundial y no se ha asimilado su dureza cuando ya entramos en los cataclismos de la Segunda Guerra: Berlín, Viena, Austria, Ucrania y a lo lejos, con el paso del tiempo, voces desde Londres y Buenos Aires evaluando el pasado. El imperio Austro-húngaro y su derrumbe, el nazismo y su locura; pero al final la conciencia de cada individuo y su propia identidad.
¿Pero qué es la identidad? ¿Es libertad, es un destino? Al menos aquí los personajes parecen piezas movidas al azar por un desconocido; se suplantan identidades y la partida está abierta. La novela por momentos es enredada, pero porque Borges ha prestado el tablero; Dostoyevsky, por otra parte, presta una de sus mejores piezas -Ivan el nihilista- de Los hermanos Karamazov, para suplantar a su hermano Alexei o Alioscha, seminarista desencantado, en la partida. Suplantación de identidades y búsqueda de la verdad tanto para el lector como para los personajes.
Ignacio Padilla (México, 1968) ha escrito un buen libro. Muy afiliado en su temática -desentrañar las raíces del mal- y en su espacio -la Europa caótica de la primera mitad del siglo XX- al de su contemporáneo Jorge Volpi en su libro En busca de Klingsor. Por mi parte, si ha sido grande el placer de sumergirme en ambos mundos, y aunque los recomiendo mucho, en ambos narradores extraño, no la inteligencia, el oficio y el talento, que en los dos los hay a caudales, sino algo de equilibrio entre intelecto y pasión; quiero decir, ambos son libros para explorar los laberintos de la razón, no los otros laberintos, los de nuestras emociones.
Ignacio Padilla, Amphitryon, Espasa, 2000, 219 pp.
Amphytrion es una novela inteligente, precisa en su lenguaje y en su trama, ágil en su desarrollo. Narrada en cuatro capítulos en donde cuatro personajes se preguntan sobre sus nombres y sobre los hombres, es decir, sobre el género humano con sus orfandades y esperanzas. Estamos al inicio de la Primera Guerra Mundial y no se ha asimilado su dureza cuando ya entramos en los cataclismos de la Segunda Guerra: Berlín, Viena, Austria, Ucrania y a lo lejos, con el paso del tiempo, voces desde Londres y Buenos Aires evaluando el pasado. El imperio Austro-húngaro y su derrumbe, el nazismo y su locura; pero al final la conciencia de cada individuo y su propia identidad.
¿Pero qué es la identidad? ¿Es libertad, es un destino? Al menos aquí los personajes parecen piezas movidas al azar por un desconocido; se suplantan identidades y la partida está abierta. La novela por momentos es enredada, pero porque Borges ha prestado el tablero; Dostoyevsky, por otra parte, presta una de sus mejores piezas -Ivan el nihilista- de Los hermanos Karamazov, para suplantar a su hermano Alexei o Alioscha, seminarista desencantado, en la partida. Suplantación de identidades y búsqueda de la verdad tanto para el lector como para los personajes.
Ignacio Padilla (México, 1968) ha escrito un buen libro. Muy afiliado en su temática -desentrañar las raíces del mal- y en su espacio -la Europa caótica de la primera mitad del siglo XX- al de su contemporáneo Jorge Volpi en su libro En busca de Klingsor. Por mi parte, si ha sido grande el placer de sumergirme en ambos mundos, y aunque los recomiendo mucho, en ambos narradores extraño, no la inteligencia, el oficio y el talento, que en los dos los hay a caudales, sino algo de equilibrio entre intelecto y pasión; quiero decir, ambos son libros para explorar los laberintos de la razón, no los otros laberintos, los de nuestras emociones.
Ignacio Padilla, Amphitryon, Espasa, 2000, 219 pp.
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