miércoles, 18 de agosto de 2010

Desvelo y alucinación

Despertarte a las 4 de la mañana con dolor de estómago no es grato si ya no puedes volver a dormir. En cambio, lo bueno de madrugar es que puedes asomarte a la calle y disfrutar de una ciudad poco común, una ciudad silenciosa frente a la cual puedes imaginar que aún se puede vivir en el Distrito Federal. Y si tienes paciencia y ganas de contemplación, puedes esperar algunas horas y ver cómo, poco a poco, se va pintando de colores el cielo; ya entonces, también puedes imaginar que aún es posible vivir en este planeta; aunque después, la realidad sea como un portazo en la cara: hay que esperar el camión que pasa cada quince minutos totalmente lleno, y esperar que en alguno haya un espacio en donde acomodarse; viajar en el límite de la puerta y el viento; con suerte te subes, por fin, y ahora te repliegas para leer y te cuidas de no golpear al vecino; autos y autos, avenidas y calles, transéuntes, ruidos... Después, tu metro barato y pausado: anunciantes de bolígrafos, limpiazapatos, niñas con acordeón, volantes..., ensimismado como los demás hasta que llega la música con el alto volumen; pero has llegado a las inmediaciones de la Universidad y ahora te puedes integrar a la próxima corriente de personas y dejarte ir. Todo bien: clases, discusiones, lecturas, teorías; hasta que tu cuerpo ya no sabe la hora del día ni el momento en el que comenzó todo, tus ojos empiezan a mirarte hacia dentro y tu piel comienza a pertenecerle a los árboles, a las banquetas, al asfalto, incluso a una de esas ardillas pardas que trepan los árboles de la Ciudad Universitaria; como sea, el cansancio, después de varias horas de clases, tiene su propia manera de hacerse presente y los párpados empiezan a colgar en tus rodillas y tus manos comienzan a pensar como si fueran tus pies; mientras que los espacios son ya espejos retrovisores empañados que te dicen en inglés que los objetos están más cerca de lo que miras; pero tú no comprendes nada, ya vas camino a casa y aunque te golpeas con cualquier objeto, y de repente, cuando tu pelo mojado derrama gotas sobre tu corazón, te das cuenta de que llueve; pero ya no importa, ya sueñas con ciudades tranquilas y cielos de colores aunque aún no hayas llegado a tu cama.

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