Emir Kusturica, director serbio, realizador de Gato negro, gato blanco y Underground, entre otras afamadas películas, filmó en 2008 un documental sobre el futbolista argentino, del cual se confiesa amigo y admirador.
Es la de Kusturica una mirada amable, pero no condescendiente, que nos muestra a un Maradona sencillo y a otro ególatra, a uno alegre, riendo a carcajadas, y a otro tristísimo; nos muestra que Maradona era un genio del balompié -un Dios para algunas idolatrías modernas que erigen ritos e iglesia alabando su figura-; pero las escenas futbolísticas -que no abarcan la mayor parte de la película- sobre esas canchas en donde Maradona era el niño más feliz del mundo, contrastan con la caída del ángel a la tierra cotidiana, a la tierra de todos los días donde no puede, con nostalgia, recuperar el paraíso.
Un Maradona malhablado y bravucón, pero también uno sincero que confiesa en su mirada no entender de qué va la vida fuera del rectángulo verde. Movilizador de multitudes en Argentina o en Nápoles, Kusturica sentencia: "Si no hubiera sido futbolista hubiera sido un revolucionario"; porque Maradona está enamorado de Fidel Castro y junto a Evo Morales y Hugo Chávez en Mar del Plata promueve el anti-imperialismo; Kusturica insiste: God save the queen de los Sex pistols suena recurrentemente y el astro extraído de la pobreza desafía al sistema político-económico internacional sobre la cancha.
En fin, el polémico Maradona, triunfador y héroe moderno arrastrado por la cocaína al infierno de la soledad, es mostrado como el rebelde del fútbol exiliado en la tierra de las complejidades humanas. No se acaban las preguntas: ¿quién es este pibe que maravilló a los aficionados al fútbol y al mismo tiempo decepcionó a los dioses de la sensatez? ¿Es triste su destino o es la tristeza lo que promueve una religión? ¿Por qué no siempre te quedaste en la cancha de fútbol, Maradona?
Es la de Kusturica una mirada amable, pero no condescendiente, que nos muestra a un Maradona sencillo y a otro ególatra, a uno alegre, riendo a carcajadas, y a otro tristísimo; nos muestra que Maradona era un genio del balompié -un Dios para algunas idolatrías modernas que erigen ritos e iglesia alabando su figura-; pero las escenas futbolísticas -que no abarcan la mayor parte de la película- sobre esas canchas en donde Maradona era el niño más feliz del mundo, contrastan con la caída del ángel a la tierra cotidiana, a la tierra de todos los días donde no puede, con nostalgia, recuperar el paraíso.
Un Maradona malhablado y bravucón, pero también uno sincero que confiesa en su mirada no entender de qué va la vida fuera del rectángulo verde. Movilizador de multitudes en Argentina o en Nápoles, Kusturica sentencia: "Si no hubiera sido futbolista hubiera sido un revolucionario"; porque Maradona está enamorado de Fidel Castro y junto a Evo Morales y Hugo Chávez en Mar del Plata promueve el anti-imperialismo; Kusturica insiste: God save the queen de los Sex pistols suena recurrentemente y el astro extraído de la pobreza desafía al sistema político-económico internacional sobre la cancha.
En fin, el polémico Maradona, triunfador y héroe moderno arrastrado por la cocaína al infierno de la soledad, es mostrado como el rebelde del fútbol exiliado en la tierra de las complejidades humanas. No se acaban las preguntas: ¿quién es este pibe que maravilló a los aficionados al fútbol y al mismo tiempo decepcionó a los dioses de la sensatez? ¿Es triste su destino o es la tristeza lo que promueve una religión? ¿Por qué no siempre te quedaste en la cancha de fútbol, Maradona?
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