Me he despertado este sábado con mucho dolor muscular, pues ayer en la tarde me fui a jugar fútbol con Pancho, amigo mío, pintor artístico y treintañero como yo, junto con mis sobrinas y sobrinos: Karen (11 años) Vanessa (11 años), Axel (12), Christian (9), Julián (7), Alan (9) y Kiara (5 añitos).
Pues bien, con todo este conjunto de jugadores profesionales formamos dos equipos de fútbol. Un adulto por cada equipo, una niña de 11 años y dos niños para cada equipo. Al final, quedó Kiarita, la más pequeña, a la que me "regalaron" para mi escuadra, diciendo, como se dice en México, que ella era de "chocolate", es decir, que su presencia era sólo un adorno. Lo que no fue tan cierto, porque la pequeña Kiara se estaba convirtiendo en mi delantera más peligrosa, hasta que Pancho le pegó, accidentalmente, con el balón en su pequeño rostro. ¡Ay, Kiara lloraba y prefirió no jugar más!, el resto del partido lo hubiera mirado sentada en la banca, si no fuera porque enseguida se durmió ahí mismo, a la orilla del campo de fútbol que está muy cerca de mi casa y del cual sólo utilizamos una pequeña parte. Pancho estaba apenado, pero siento que fue una inconsciente táctica malévola, pues al final mi poderoso conjunto integrado por Karen, Christian y Alan perdió el encuentro 5 goles a 3.
Fue un partido de fútbol alegre e intenso y al final la nueva generación superó a los treintañeros en todos los aspectos: en la técnica para controlar el balón y en el drible, en velocidad, pero sobre todo en resistencia física. Cuando los dos más grandes (fumadores enfermizos) ya no podíamos ni mover las piernas, las chiquitas y los chiquitos pasaban volando a nuestro lado. Yo fui una coladera en la portería; pero estábamos encima de ellos y parecía que los alcanzaríamos en un cierre vertiginoso, cuando en eso llegó el pinche policía del complejo deportivo -hay dos acepciones aquí-, cual alto comisionado de las altas instancias burocráticas de la liga intergeneracional y nos expulsó del campo, so pretexto de cerrarlo. Lo cierto es que ya estábamos en tiempos extras y ya hace un rato que había oscurecido en la capital en la que por fortuna no llovió; pero habrá revancha, luego les cuento.
Pues bien, con todo este conjunto de jugadores profesionales formamos dos equipos de fútbol. Un adulto por cada equipo, una niña de 11 años y dos niños para cada equipo. Al final, quedó Kiarita, la más pequeña, a la que me "regalaron" para mi escuadra, diciendo, como se dice en México, que ella era de "chocolate", es decir, que su presencia era sólo un adorno. Lo que no fue tan cierto, porque la pequeña Kiara se estaba convirtiendo en mi delantera más peligrosa, hasta que Pancho le pegó, accidentalmente, con el balón en su pequeño rostro. ¡Ay, Kiara lloraba y prefirió no jugar más!, el resto del partido lo hubiera mirado sentada en la banca, si no fuera porque enseguida se durmió ahí mismo, a la orilla del campo de fútbol que está muy cerca de mi casa y del cual sólo utilizamos una pequeña parte. Pancho estaba apenado, pero siento que fue una inconsciente táctica malévola, pues al final mi poderoso conjunto integrado por Karen, Christian y Alan perdió el encuentro 5 goles a 3.
Fue un partido de fútbol alegre e intenso y al final la nueva generación superó a los treintañeros en todos los aspectos: en la técnica para controlar el balón y en el drible, en velocidad, pero sobre todo en resistencia física. Cuando los dos más grandes (fumadores enfermizos) ya no podíamos ni mover las piernas, las chiquitas y los chiquitos pasaban volando a nuestro lado. Yo fui una coladera en la portería; pero estábamos encima de ellos y parecía que los alcanzaríamos en un cierre vertiginoso, cuando en eso llegó el pinche policía del complejo deportivo -hay dos acepciones aquí-, cual alto comisionado de las altas instancias burocráticas de la liga intergeneracional y nos expulsó del campo, so pretexto de cerrarlo. Lo cierto es que ya estábamos en tiempos extras y ya hace un rato que había oscurecido en la capital en la que por fortuna no llovió; pero habrá revancha, luego les cuento.
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