martes, 27 de julio de 2010

Nicotina, cafeína e insomnio; pero sólo la noche logra borrar el desasosiego. Lecturas para pasar el rato, nada extraordinario; pero en algún momento me reencuentro con Quevedo casi ilegible a las once de la oscuridad -por el latín y los arcaísmos-; pero astuto. "Sueño del juicio final" y cadáveres levantándose buscando de manera chistosa sus miembros y sus huesos, casi todos al infierno, que siempre parece lugar más alegre -recuérdese la Comedia- que el cielo. Después un artículo escalofríante, en algún lugar de África personas inyectándose la sangre de los que han consumido heroína y que por benevolencia les ceden una cucharadita roja (flashblood) como placebo a los que padecen el síndrome de abstinencia. Y apenas a estas horas regresa el sueño que tuve esta mañana: una mujer del pasado con la que nunca conocí el erotismo y con la que siempre conocí el erotismo; "¿me contradigo?, bien, me contradigo..."; Walt Whitman siempre salva la noche.

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