domingo, 25 de julio de 2010

Una semana en un Acapulco lluvioso y con tráfico; mejor permanecer en Puerto Marquez, con los pequeños cangrejos caminando en los pasillos del hotel; sumergirme en la alberca y después ir a la playa bajo una palapa para un cóctel; además, mangos con chile, empanadas de arroz dulce; pero antes cerveza, agua de coco y nadar mar adentro con salvavidas; relajarme en esa soledad del mar azul, lejos de las corcholatas y la mugre de la orilla, lejos del montón de turistas y de las invitaciones incesantes de los vendedores; lejos de la fobia al futuro; tranquilo, sintiendo el agua alrededor de mi cuerpo, tranquilo que me hallo cielo y mar unido en la sensación infinita de la serenidad; ya después volverá el estrés citadino, el montón de gente audífonos al oído y el no mirar a nadie. Nostalgias arenosas reverberan con nombre de mujer; pero aún no, aún estoy ahí mecido por el movimiento de los astros; frente a mí el horizonte, barcas y aves solitarias; a un lado, a lo lejos, peñascos, residencias, el tumulto abigarrado de mi especie; pero ahora no, ahora pertenezco al reino de los cangrejos, desplazándose raudos o lentos, algunos apachurrados por piernas imprudentes; soy de los suyos, ajenos al mundo, a los males y pormenores de la muerte, siempre llevando el mar en sus cuerpos; así es esta tranquilidad de mar adentro.

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